Día 45. Castración profesional (I). Cuando el miedo no deja trabajar
Una de las frases que más nos repitieron en la Institución es que debíamos «santificar el trabajo», buscando la perfección profesional en todo lo que hiciéramos. Sin embargo, en mi Vuelta al Mundo he descubierto una paradoja dolorosa: la educación basada en el miedo y la hipersexualización de la piedad termina por generar profesionales castrados mentalmente.
Lo he comprobado en el ámbito de la medicina, donde el cuerpo debería ser tratado con la mayor naturalidad y rigor científico. He vivido dos experiencias opuestas que resumen perfectamente lo que significa estar sano o estar «tutelado» por el miedo.
Por un lado, conocí la «Asepsia del Miedo». Me tocó acudir a un especialista (un urólogo) que, por su entorno y sus gestos, destilaba el espíritu de casa. Fue una experiencia surrealista. Aquel hombre, un experto en anatomía masculina, tenía pánico a tocarme. En lugar de una exploración normal, me dirigía a distancia, pidiéndome que yo mismo manipulara mi anatomía íntima para que él no tuviera que acercarse. Me mandaba ecografías para evitar palpar. Aquel hombre no veía un paciente; veía un «peligro moral». Su «pureza» le hacía perder la sensibilidad necesaria para curar. Ponía una cara de desagrado, como si mi cuerpo fuera algo radioactivo o una «ocasión de pecado» en lugar de un paciente.
Aquel médico no estaba ejerciendo su profesión; estaba ejerciendo su represión. Su incapacidad para mirar de frente y tocar con naturalidad lo que Dios y la biología pusieron ahí es la prueba definitiva de la castración mental. Si tu manual moral te impide realizar una exploración clínica sin sentir asco o culpa, no eres un profesional excelente; eres un discapacitado funcional para la vida real.
Qué diferencia cuando, por fin, te encuentras con la normalidad.
Mi nuevo urólogo no necesitó pantallas ni fotos de reojo. Desde el primer minuto, la palabra y el tacto recuperaron su sitio. Me palpó los testículos y el cuerpo con la seguridad de quien conoce su oficio y no tiene nada que temer de la piel ajena. Me preguntó por mi vida sexual sin bajar la voz, con la misma naturalidad con la que se pregunta por el azúcar o el colesterol. Al decirle, todavía con un poco de esa vergüenza heredada, que «ahora mismo no practicaba sexo», su respuesta fue el mejor desinfectante para mi pasado: «No te preocupes, te voy a recetar Cialis por si ligas un día». Estaba validando mi vida afectiva. Te saca del «no pasa nada, confiésate» (del pasado) y te proyecta hacia el «disfruta» (el futuro).
La formación del Opus Dei te enseña a ver «peligros» donde solo hay biología. Y eso se traslada a cualquier profesión: un juez que no puede juzgar sin prejuicios, un profesor que no puede educar con libertad o un médico que no se atreve a tocar.
Hoy entiendo que para «santificar el trabajo» no hace falta rezar en la oficina, sino recuperar la cordura. La verdadera excelencia profesional nace de la libertad mental, de la capacidad de mirar al mundo y a las personas sin el filtro del miedo.
He despedido de mi vida a los profesionales que miran de reojo. Me quedo con los que se atreven a usar la lupa para sanar, porque son ellos los que, sin saberlo, están mucho más cerca de la verdadera luz que quienes se esconden tras una bata blanca y una conciencia amordazada.
Stella
