Dia 16. Hola Dios (I). El fin de los intermediarios

Una de las cosas que peor llevaba era que constantemente me tuvieran que decir cómo hacer las cosas, incluso las más íntimas, como mi relación con Dios.

Dice la normativa eclesiástica que el «fuero interno» —ese rincón sagrado de la conciencia— concierne únicamente a la persona y a su Dios. Es un sitio donde nadie tiene derecho a meterse. Pero de esto me enteré una vez fuera; mientras estaba dentro, mi fuero interno era un territorio invadido.

«Dios te habla a través de los directores», te machacaban una y otra vez para anular cualquier luz propia que pudieras tener. Frases lapidarias como «¿Cómo te va a decir algo a ti Dios directamente?» o «Tienes que ser dócil y no inventarte nada» se usaban como martillos para aplastar cualquier inquietud del alma. El «Plan de Vida», perfectamente distribuido a lo largo de la jornada, era la única vía de salvación garantizada.

Para que esta maquinaria funcionara, teníamos a nuestra disposición un arsenal infinito de material «homologado»: libros de meditación, cartas del Padre, revistas internas, biografías ejemplares… y, por supuesto, los famosos «guiones doctrinales». Esos guiones establecían exactamente qué era cada cosa según el «espíritu de la casa» y eran de obligada consulta. Hoy se han modernizado con podcasts: los cinco, diez o quince minutos con Jesús (o la media hora de rigor), sin olvidarnos de los Rosarios digitales para darnos el gustazo de rezar con el representante directo de Dios. Todo masticado. Todo precocinado.

Recuerdo las discusiones con mis numerarios asignados (que cambiaban cada año como quien cambia de tutor). Yo intentaba ir contracorriente: quería dirigirme a Dios desde mi propio ser, con mis propias palabras, y no a través de un libro escrito por un señor que «sabía más que yo». Pero ir por libre, me decían, era jugarse el alma.

Si ya intentaba rebelarme estando dentro, el día que me fui fue una liberación espiritual absoluta. Pude, por fin, dirigirme a Dios tal cual soy, tal cual pienso y tal cual siento. Me quité de encima esa necesidad impuesta de mortificarme, de buscar la crucifixión en cada esquina y de «beber las heces del cáliz». ¡Pero qué me estás contando!

La infantilización era extrema: todo reglado para que no quedara ni un milímetro para la improvisación o el pensamiento propio. Me entra la risa cuando recuerdo que a eso lo llamaban «Libertad de los hijos de Dios».

Por eso, el día que cerré la puerta de la Institución por fuera, lo primero que pude decir, con una sonrisa de paz que no me cabía en el pecho, fue:

— Hola, Dios.

Sin guiones. Sin intermediarios. Sin miedo.

Fue el primer paso para entender que el control absoluto del cuerpo es solo el preámbulo para el control absoluto del alma. Pero de eso, hablaremos más adelante.

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