Día 63. El diccionario que nos robaron. Nunca oí hablar de heridas, sanación, abusos…
Dentro de la Institución nos hartamos de oír hablar de abandono, mortificación, estampas, rezos, confidencia, pecado, infierno, examen, pobreza, docilidad, orden, penitencia, cilicio, dolor, ayuno, agua fría… y, por supuesto, de la omnipresente «pureza». Era una visión de la religión más propia de la Edad Media: un mundo oscuro de latín, cinturones de castidad, compra de indulgencias, condenación eterna y el hombre visto como un pecador empedernido bajo el peso de una Iglesia infalible.
Cuando cerré aquella puerta por fuera, descubrí una nueva visión de la fe, una con mucha más luz y mucho más color. Fue como si, de repente, llegara la primavera del cristianismo a mi vida.
Es triste ver que muchos de los que se van acaban olvidándose de Dios. Se quedan con la imagen de ese Dios oscuro que los maltrató durante años; prefieren el blanco y negro antes que arriesgarse a descubrir al Dios verdadero en color.
Yo descubrí que mi «exquisito» vocabulario opusino no era el vocabulario cristiano. Empezaron a llegar a mí conceptos que ni imaginaba que existían, simplemente porque no eran necesarios para la pulcritud de la Institución. Palabras como herida, sanación, abusos, ecumenismo, sinodalidad o iglesia en salida. O conceptos tan sencillos —y tan manipulados dentro— como misericordia, amor de Dios o escrúpulos.
Al recuperar las palabras, recuperé la verdad:
-No sabía de los cambios que buscan una Iglesia más horizontal y menos jerarquizada, algo que a los obsesionados con el control les inquieta tanto.
-No sabía que la Iglesia podía provocar heridas y que esas heridas tenían que ser sanadas.
-No sabía que en la Iglesia existían abusos de muchos tipos, no solo los físicos, sino los de conciencia y poder.
-No sabía que en la Iglesia se puede hablar y discrepar, y no siempre obedecer ciegamente.
-No sabía que la Iglesia también se equivoca y, lo más importante, que puede rectificar.
-No sabía que Dios me ama como soy. Él no espera a que yo sea «perfecto» o a que me identifique con su pasión para empezar a amarme. Él me amó primero, como soy y con mis dudas, y no el personaje que a la Obra le gustaría que fuera.
-Y muchas más cosas.
Todas estas realidades nos fueron ocultadas premeditadamente para poder controlarnos a golpe de miedo, traición y amenaza de condenación. Por eso muchos salieron corriendo: no huían de Dios, huían de ese «Dios justiciero» que pasaba el día apuntando fallos en una agenda eterna.
Querían que fuéramos ángeles y eso es ir contranatura: somos humanos. Dios es el Padre que nos contempla y se ríe de lo tontos que somos con nuestras cosas humanas, sin escandalizarse de nuestra piel.
Y todo eso también está presente en muchas partes de la Iglesia actual, ese ansia de control, de formación, líderes carismáticos, dependencia del grupo y todo tipo de abusos y aprovechamiento de la euforia de un momento.
Hoy me hace feliz hablar con Dios tranquilamente. Sin libros que me dicten lo que tengo que decir, sin hojas de normas que tachar, sin la obsesión de dominar mi cuerpo como si fuera una fiera. Ya no me mortifico para purgar pecados ni busco el dolor para acercarme a la Cruz. He descubierto que la verdadera fe no es un sacrificio de sangre, sino un encuentro en libertad.
Al salir, no perdí la fe. Perdí el miedo. Y en ese espacio que dejó el miedo, por fin encontré a Jesús.
Stella
