Día 24. La fraternidad de cartón piedra
Recuerdo que, unos meses antes de cerrar la puerta por fuera, llegó una indicación desde arriba: una carta y unas sesiones de trabajo dedicadas exclusivamente a la Fraternidad. Esa palabra que, según nos decían, era el carisma principal de la Obra; aquello que nos distinguía del resto del mundo.
Para mí, aquello fue como algo caído del cielo. Era un tema que yo ya había rumiado mucho. De hecho, se lo había comentado al encargado de mi grupo: ¿Te has dado cuenta de que aquí venimos solo a «cumplir» con la obligación del Círculo y que luego solo se habla de planes apostólicos? No tenemos ni idea de quiénes son las personas de nuestro grupo. No conocemos sus alegrías, sus preocupaciones, sus penas o sus sueños. Somos desconocidos que rezan juntos.
Cuando llegó aquel papel diciendo que había que hablar de la fraternidad, de cómo vivirla y de aportar ideas, vi una luz. Pensé que, por fin, algo estaba cambiando.
Durante tres semanas, el Círculo se convirtió en un «taller de fraternidad»:
- Primera semana: Lectura de textos oficiales. Comentamos lo que pensábamos y nos pusieron «deberes»: pensar ideas concretas para fomentar el cariño entre nosotros.
- Segunda semana: Puesta en común. Yo fui con la ilusión de un niño. Sugerí un grupo de WhatsApp para compartir el día a día, un listado con los teléfonos y fechas importantes de cada uno (cumpleaños, aniversarios) y una comida mensual para estar juntos, tranquilamente, compartiendo nuestras vidas como hermanos. Los deberes: darle una vuelta a las propuestas.
- Tercera semana: El choque con la realidad. ¿El grupo de WhatsApp? Descartado por «seguridad» y «espíritu». ¿La lista de teléfonos? Se encargaría el director (tardó seis meses en hacerla). ¿Y la comida? Ahí vino el giro magistral: la sesión de fraternidad mutó, ante mis ojos, en una sesión de planes apostólicos. La comida mensual ya no era para nosotros; ahora era una «convivencia con allegados» para captar gente.
En un segundo, la sesión de fraternidad se cerró como quien cierra un expediente administrativo. Solo importaba el apostolado, la eficacia y los números. La luz que creí ver se apagó de golpe.
Fue entonces cuando comprendí la gran mentira. La fraternidad de la que hablan no es afecto, es cooperación funcional. Una vez fuera, entendí el concepto de las «amistades particulares»: están prohibidas porque el afecto humano real es incontrolable y distrae del objetivo de la Institución.
En la Obra no interesa que seas amigo de tu hermano; interesa que seas su compañero de trabajo en la fábrica de almas.
Mi conclusión después de aquello fue clara: no te esfuerces en sacar agua de un pozo seco. No vas a sacar nada. La verdadera fraternidad nace de la libertad y del tiempo compartido sin segundas intenciones. Todo lo demás es cartón piedra.
Stella
