Día 44. Despité y tan ancho me quedé (I)
Cada uno tiene su manera de salir de la Institución. Unas son lentas y diplomáticas; otras son auténticos portazos. La mía fue traumática para mi numerario, un alivio para los directores y, para mí, una auténtica gozada.
Si estás pensando en irte, quítate la idea de que son «dudas de vocación». Lo que tienes es una situación inviable que te está consumiendo la vida. Y te daré un consejo de náufrago: cuanto más tardes en saltar del barco, más difícil te será nadar hasta la orilla.
En mi caso, cada 19 de marzo repensaba mi pertenencia con sus pros y sus contras, y sobre todo lo que quería Dios de mí en ese momento. Después de un cúmulo de circunstancias acumuladas durante años, numerarios mandados a tomar por culo y por mi propio bien espiritual, decidí que ya no quería más guiones. Decidí decir bye bye, Opus.
Realmente ni dije bye bye, ni nada; directamente desaparecí del mapa. Puse el móvil en silencio, ignoré los WhatsApps y, para que no quedara ninguna duda, pulsé el botón «Salir del grupo» en el chat del Círculo.
Fue casi cómico ver el goteo de mensajes desesperados que llegaban del Centro: «Oye, que no has llamado para confirmar la renovación», «¿pero vas a renovar?», «mira que se te pasa el plazo». No buscaban mi alma; buscaban que el Excel cuadrara.
A las 22:30 de la noche, el suspense pasó a la acción: se presentó mi numerario en la puerta de casa llamando al telefonillo insistentemente, hasta que algún vecino le abrió y pudo entrar y subir. Sonó el timbre de la puerta, ¡horror! El pobre hombre venía medio llorando a pedirme que renovara, que me lo pensara, que me diera un año… y por supuesto «te garantizo que, si te vas, antes de un año dejarás de ir a misa los domingos».
Fue una conversación surrealista. Él mismo me soltó las razones por las que yo me iba: «Es que crees que te estamos cortando las alas», me dijo. ¡Bingo! Me estaban cortando las alas y él lo sabía: realmente ese tío era imbécil. En mi interior pensaba todo un diálogo: Tú te crees que me voy a pensar la renovación cuando sabes perfectamente por qué me voy. -Quédate con nosotros que te seguiremos dando palos continuamente. -El masoquismo es para otros, no para mí. -Te estamos jodiendo, pero quédate con nosotros y te seguiremos jodiendo aun más. Es la superioridad del Opus sobre las conciencias.
Si ya has tomado la decisión de irte, ni se te ocurra negociar; saldrás perdiendo seguro. Os imagináis dar un año más de cancha suelta a esta gente y encima con la presión de estar ya en el tiempo de añadido? Un suplicio.
Ese 19 de marzo fue uno de los días más felices de mi vida. A partir de ahí pude recuperar mi trato con Dios a mi manera y no como me imponían, y sobre todo descubrí a un Dios AMOR y no a un justiciero contabilizando nuestras faltas y poca mortificación para irnos allanando el camino al infierno.
Y ahí termino mi relación con el Opus: ni me volvieron a invitar a un retiro, ni a una reunión de antiguos residentes y menos a hacerme cooperador.
Ahora veo con tristeza a los directores de la delegación de Valencia cruzandose de acera al verme venir por la calle, o sorprenderse de verme en misa en la parroquia o rezando ante la Mare de Deu.
A los pocos días de irme, recibí un mensaje del Vocal de San Gabriel: «No te preocupes, seguimos siendo tan amigos». No le contesté.
Despité. Me borraron. Y nunca me he sentido tan limpio ni tan ancho.
Stella
