Día 65, Hola Dios (III). La Pasión fue solo el final

A veces parece que lo único importante de la vida de Jesús fueron sus últimos días. Nos han bombardeado tanto con el sufrimiento, la Cruz y la sangre, que hemos acabado creyendo que el cristianismo es una religión de agonía permanente. Pero se olvidan de un detalle: la Pasión fue solo el final. Antes de eso, hubo tres años de vida pública y otros treinta de los que apenas sabemos nada. La mayoría de su vida fue, sencillamente, normal.

Sabemos que cumplía con la tradición judía: fue circuncidado y presentado en el Templo, acudía a las enseñanzas del templo… y también jugaría con otros niños, iría a la escuela, ayudaría a su padre en el taller y a su madre en la casa. Y seguro que hacia trastadas, esas cosas propias de la infancia. Y mira el día que se quedó en el Templo y la angustia de sus padres de no encontrarlo. Era Dios, sí, pero también era un niño de carne y hueso, no un ángel de escayola.

Y no sabemos mucho más de su vida oculta, pero seguro que era una vida normal… excepto cuando acudía al templo, que desde niño ya le calaron que “tenía algo” diferente al resto de las personas.

Sabemos que le gustaba la fiesta. Iba a bodas, como la de Caná. y allí recibió aquel famoso «codazo» que le dio su madre para que arreglara el asuntillo del vino y que no se fastidiara la celebración. Y le costó un poco empezar, pero mejor arreglar el problema rápidamente a tener que escuchar eso típico de las madres “a ver si voy a tener que ir yo a arreglarlo”.

Allí estaba María siempre pendiente de su hijo, para las cosas buenas, las habituales y para también para verle en su final redentor. Allí estaba para coser los rotos de su ropa de juegos o para tejerle esas túnicas sin costuras que llevaba. Me la imagino diciendo “Hijo, cómo vas a ir a esa comida con esa ropa vieja; ponte esta túnica nueva que te he estado cosiendo semanas”.

Y es que Jesús iba a comidas y cenas, incluso hasta se autoinvitaba sin el más mínimo reparo. Allí iba, hasta con gente de mala fama, y les hablaba de sus cosas. Y allí removía el corazón de esta gente tan perdida.

Comía, bebía, reía y cantaba. Era una persona alegre que se movía con soltura en todo tipo de situaciones: desde la barca de Pedro, las casas de sus amigos, las plazas. Y seguro que en su casa María ya preveía que tenia invitados a comer todos los días.

Y también hacia macro espectáculos en espacios amplios rodeado de fans e influencers… o sea, un montículo de piedras y arena, gente tirada por el suelo, sin micrófono, ni pinganillo ni teleprompter, ni pantallas de led, ni iluminación espectacular, ni escenario de diseño.. Ver a aquella gente sencilla, hasta sin comida, que se iban retransmitiendo de boca en boca lo que el maestro decía, esas parábolas para que comprendieran. Era la verdad sin filtros.

Y luego vinieron los último días, los más tristes. Pero tenía que ser así.

Pero el 99% de su vida lo pasó estupendamente y parece que de eso nos olvidamos, o más bien nos hacen olvidarnos. Nos obligan a centrarnos en las salpicaduras de sangre de la flagelación para que olvidemos que Jesús vino a traernos vida, y vida en abundancia. Y todo eso pasó y en tres días resucitó; lo más importante.

Hoy entiendo que para estar cerca de Él no hace falta buscar el dolor en cada esquina. Dios es Amor y se ríe con nosotros de nuestras cosas humanas. Él ya murió por nuestros pecados una vez; no necesita que nosotros estemos muriendo un poquito cada día a base de mortificaciones absurdas.

He descubierto a un Dios que prefiere verme disfrutar de la brisa en la piel o de una buena cena con amigos, que verme contando granos de arroz como sacrificio. La primavera ha llegado a mi fe: el Dios del 99% de alegría ha ganado la batalla al Dios del 1% de agonía. Y os aseguro que se reza mucho mejor con una sonrisa que con un cilicio.

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