Día 28. Redescubierto la amistad. El arte de volver al mundo

Uno de los mayores desafíos a los que te enfrentas cuando cierras la puerta por fuera es el desamparo absoluto en tus relaciones personales. Da igual si fuiste numerario/a agregado/a supernumerario/a o numeraría auxiliar. Aunque los matices cambian, el vacío es el mismo.

Cuando te sales —ese acto de «rebeldía» que, según ellos, te garantiza un billete de ida al infierno—, de repente te quedas sin una gran parte de tu vida. Lo peor es que esa salida nunca se comunica de forma oficial. Simplemente desapareces. Te borran. No hay fiestas de despedida ni explicaciones; te vas por la puerta de atrás. Tus «hermanos» no saben si te han cambiado de centro, de ciudad o de planeta. Y lo más triste: nadie pregunta. A mí me pasó encontrarme con un cura de mi excentro meses después y que me soltara un: «Vaya, hace tiempo que no coincidíamos». Para troncharse de risa, si no fuera porque dan ganas de llorar.

De la noche a la mañana, has perdido a tu «familia», y ellos ni siquiera saben que te has ido.

Y luego está el «mundo exterior». Ese lugar habitado por gente para la que tú siempre fuiste «el rarito del Opus». Compañeros de universidad o de trabajo que te trataban con pinzas, con miedo a que intentaras captarlos en un descuido. Especialmente si eran del otro sexo: con ellos la distancia era de seguridad máxima.

Ahora te toca zambullirte en ese mundo real. Y es, sencillamente, “raro”.

Coger el teléfono, escribir un correo o mandar un WhatsApp a alguien con quien no hablas hace años es un ejercicio de equilibrismo. Para ellos sigues siendo el del Opus. Lo primero que piensan cuando ven tu mensaje es: «¿Qué querrá? ¿Me querrá captar? ¿Necesita dinero?». Y si contactas con alguien del otro sexo, el malentendido está servido: se pueden pensar que estás buscando un «revolcón de adultos» porque por fin has roto las cadenas.

No es fácil explicar, así de sopetón y sin anestesia, que ya no eres quien eras. Que estás aprendiendo a caminar de nuevo.

Es un reto inmenso, pero es el único camino para recuperar tu vida. Te llevará tiempo, tropezarás, sentirás vergüenza y te verás fuera de lugar más de una vez. Pero, poco a poco, descubrirás la maravilla de la amistad real: esa que no tiene objetivos, que no rellena informes y que te quiere simplemente por ser tú, con tus rarezas y tu historia a cuestas.

Bienvenido al mundo real. Es complicado, es torpe, pero por fin es “tuyo”.

Volver a la casilla de salida a los 30, a los 40 o a los 50 años da un miedo atroz. Es mirar el tablero y ver que todos tus “hermanos” han desaparecido y que tus viejos conocidos son ahora extraños a los que temes molestar. Pero hay una gran ventaja en empezar de cero: “esta vez, la ficha la mueves tú”.

Ya no hay un director que elija por ti con quién quedas, ni un plan apostólico que dicte de qué tienes que hablar. Estás en el inicio, sí, pero el camino es, por primera vez tuyo. Volver a la casilla de salida no es una derrota; es la oportunidad de jugar la partida de tu vida con tus propias reglas.

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