Día 60. Familia Opusina (IV): El tercer invitado en la cama

Nos vendieron que el matrimonio era un «camino de santidad», pero se olvidaron de decirnos que, en ese camino, nunca estaríamos solos. En la cama de un matrimonio de la Obra siempre hay invitados: tu numerario de confianza y el cura del centro.

Es asombroso, y hoy me parece hasta ridículo, que personas célibes y sin experiencia real en la intimidad actúen como verdaderos peritos de nuestra vida sexual. No se limitan a la teoría; bajan al detalle. Te hablan de la «obligación» de satisfacer al cónyuge, de la frecuencia «adecuada» y de cómo «tratar» al otro para que se abra al acto, como si estuvieran dando instrucciones para manejar una maquinaria.

El resultado es una sexualidad tutelada, donde el placer es secundario y el miedo es el protagonista.

Te encuentras con matrimonios que llevan años juntos, han tenido seis hijos y, sin embargo, nunca se han visto desnudos con la luz encendida. Personas que no saben lo que es un orgasmo o que viven el sexo con un estrés crónico porque cada encuentro es un «examen de generosidad» procreadora. Se hace el amor para traer hijos, no para gozar; y si no hay fin procreador, el acto se tiñe de una sospecha de egoísmo que asfixia cualquier rastro de ternura.

Pero lo más esquizofrénico ocurre cuando el deseo aprieta y la «generosidad» biológica ha llegado al límite.

Ahí es donde surge la hipocresía de las sombras. Matrimonios que, por miedo a un nuevo embarazo, se abstienen de «follar» pero, como la sangre hierve, recurren a la masturbación compartida. Una especie de «paja de emergencia» para salvar la situación sin romper la norma técnica de la procreación. O, en su versión más «moderna» y secreta, sacan el preservativo escondido en el rincón más oscuro del armario para darse una alegría clandestina. Eso sí, con el despertador puesto para ir corriendo a confesarse al alba.

Viven una falsa libertad: pecan bajo cuerda y se limpian por contrato. Es un control desde la culpa, no una vida desde el amor.

¿De verdad Dios está interesado en fiscalizar si usamos un trozo de látex o si nos tocamos de tal o cual manera? ¿No estará más bien escandalizado de ver cuerpos que no saben reconocerse y almas que se tienen asco a sí mismas en nombre de la pureza?

Para mí, la sanación ha sido desahuciar a los inspectores de mi alcoba.

Hoy sé que la verdadera castidad no es la represión, sino la transparencia. Es mucho más sano y respetuoso tener la caja de preservativos en la mesilla de noche, a la vista, sin secretos. Es más sano dedicar tiempo a conocer cada centímetro de la piel de tu pareja, descubrir sus zonas erógenas y aprender a retorcerse de placer juntos sin pedir perdón a nadie.

He descubierto que follar descontroladamente —es decir, sin el control de ellos— es el acto más espiritual que existe entre dos personas que se quieren. Porque es el momento en que dejas de ser un «proyecto de santo» para ser, sencillamente, un ser humano que celebra la vida.

En Stella hemos encendido la luz de la habitación. Ya no hay guiones, ni cuotas, ni confesionarios de guardia. Solo estamos nosotros y nuestra verdad. Y os aseguro que, sin el tercer invitado, se duerme (y se goza) muchísimo mejor.

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