Día 57. Castración profesional (II). Arquitectos de la pureza
Si quieres saber cómo piensa realmente una institución, no leas sus folletos ni escuches sus discursos; mira sus planos de reforma. He estado curioseando la web de un estudio de arquitectura muy vinculado a la Obra —de esos que diseñan los centros y supervisan que el «tono humano» se cumpla hasta en los azulejos— y lo que he encontrado es el retrato de una obsesión enfermiza.
He analizado dos de sus proyectos recientes de vestuarios: uno para un centro de entrenamiento personal y otro para un colegio femenino de Fomento. La conclusión es clara: intentan blindar el cuerpo, pero terminan exponiéndolo por pura falta de sentido común.
En el centro de entrenamiento, la solución técnica es un monumento al absurdo. Han puesto todo el celo en que las duchas sean cabinas cerradas (el búnker individual para que nadie vea un centímetro de piel ajena). Pero, por centrarse tanto en cerrar la puerta de la ducha, se han olvidado de la puerta al mundo real.
Han diseñado el vestuario masculino frente al femenino en el mismo pasillo principal. Y los han distribuido de tal forma que, en cuanto alguien abre la puerta para entrar, todo el interior —bancos, taquillas y gente cambiándose— queda a la vista de cualquiera que pase por el pasillo mixto. En el de las mujeres es aún peor: para pasar de la ducha al banco, tienen que cruzar por delante de esa puerta que se puede abrir en cualquier momento. Tanta cabina blindada para acabar desvistiéndote ante el pasillo por un error de diseño básico.
Pero el culmen de la paranoia lo he visto en el colegio de Fomento. Allí, el ritual roza lo patológico. Han diseñado un sistema de «doble cabina»:
-Entras en una cabina para desvestirte.
-Te anudas la toalla como una armadura y corres a la cabina de ducha.
-Te duchas y vuelves a la cabina de cambio para vestirte sin que el aire te roce la piel.
Es un laberinto diseñado para que una adolescente nunca tenga que enfrentarse a la realidad de su propio cuerpo ni al de las demás. Es el «estilo cebolla» llevado a la arquitectura.
Esto es lo que pasa cuando intentas diseñar la vida sin haber vivido. Como estos arquitectos y los directores que les dan las instrucciones no han pisado en su vida un gimnasio público o una piscina municipal, no tienen ni idea de cómo se gestiona la privacidad de forma natural (con tabiques en «L» o giros que impiden la visión directa). Se preocupan tanto de que nadie «peque» mirando, que se olvidan de proteger la dignidad básica del usuario.
Lo que ellos llaman «decoro» es, en realidad, una patología arquitectónica. Prefieren mil búnkeres cerrados antes que un solo cerebro libre. Prefieren que esas niñas crezcan pensando que su anatomía es un secreto vergonzoso, antes que permitirles la salud de la naturalidad.
Hoy, mientras recuerdo mi ducha abierta en la piscina y mi paseo «tan campante» hacia el banco, me río de sus cabinas. He descubierto que la verdadera intimidad no necesita búnkeres ni rituales de escondite; necesita soberanía. A ellos, las tijeras del Censor les han recortado hasta la visión de los planos.
Al final, para construir casas humanas, primero hay que atreverse a ser humano. Y en ese búnker de cristal, hace mucho que el aire dejó de circular.
Stella
