Día 59. El abuso sexual no es solo físico
Cuando oímos la expresión «abuso sexual», nuestra mente viaja automáticamente al contacto físico, a los tocamientos o a la violación. Y es lógico que nos escandalicemos cuando saltan a la luz noticias de preceptores, profesores o curas de la Institución que han cruzado esa línea. Ante esos casos, la respuesta oficial del Opus Dei es siempre la misma: desvincularse, decir que son «iniciativas de padres» o que el abusador actuó con una libertad de la que ellos no son responsables. Ahora ya empiezan a decir que «se ha apartado a esa persona de sus funciones».
Pero hoy quiero hablar de un abuso mucho más silencioso, sistémico y profundo. Un abuso que no deja marcas en la piel, pero que desgarra la identidad; el concepto que la psicología moderna y los expertos en abusos eclesiásticos están empezando a subrayar: el abuso sexual de conciencia. No hace falta que haya contacto físico para que exista una violación de la intimidad sexual. Si alguien secuestra tu capacidad de sentir, de decidir y de disfrutar, y lo hace mediante la coacción espiritual, está abusando de tu sexualidad.
Este abuso no ocurre en un rincón oscuro, sino a plena luz del día, camuflado bajo nombres como «dirección espiritual», «charla fraterna» o «formación». Es una violencia instaurada en el ADN de la Institución que consiste en la violación sistemática de tu fuero interno para controlar tu capacidad de sentir.
En la Institución, este abuso no era un accidente; era el método. Estaba diseñado para que, en cada etapa de tu vida, entregaras tu soberanía a un tercero. Si repasamos el camino, el mapa del abuso es escalofriante:
La Infancia y Adolescencia: el despertar vigilado.
El control empezaba antes incluso de que supiéramos qué era el sexo. Numerarias han relatado cómo, en las charlas con niñas de 12 o 13 años, les obligaban a preguntar con una crudeza asombrosa: «¿Te has tocado? ¿Cómo? ¿Con cuántos dedos?». Al obligar a una niña a dar detalles técnicos de su cuerpo a una desconocida, se está cometiendo un voyerismo espiritual. Se les enseña que su cuerpo no es suyo, sino un objeto de auditoría. Se les quita la inocencia para sustituirla por el escrúpulo.
La Juventud: la contabilidad de la entrepierna.
En los Colegios Mayores y clubs, la «charla» se convertía en un interrogatorio clínico. Hasta hay directores que admiten públicamente y con total naturalidad que «monitoreaban» que los residentes se masturbaban y veían pornografía. ¿Por qué tenías que contárselo? Porque si sabían cuántas veces te tocabas, sabían lo «sucio» que te sentías. Usaban tu biología para bajarte la autoestima y volverte dócil. Si el director sabe lo que haces a solas bajo tus sábanas, ya tiene el mando a distancia de tu voluntad.
El Noviazgo: el amor bajo sospecha.
Cuando llegaba el amor, la Institución se ponía en medio. A los novios se les exa- minaba cada gesto, cada caricia, cada beso. Se les obligaba a diseccionar su afecto en busca de «puntos de sensualidad». No buscaban ayudarles a quererse; buscaban desmontar su amor para que la lealtad principal siguiera siendo hacia la Obra. Convirtieron la ilusión del encuentro en un expediente de «líneas rojas».
El Matrimonio: la cama intervenida.
Es aquí donde la hipocresía alcanza su culmen. El cura o el numerario (célibes y sin experiencia real) se atrevían a dar instrucciones de sexualidad:
-Se fiscalizaba qué métodos anticonceptivos se usaban.
-Se llegaba a preguntar por las posiciones en el acto sexual para asegurar la «rectitud de intención».
-Se grababa a fuego en la mujer la idea de que debía estar «siempre receptiva» al marido, incluso sin deseo ni placer, como una forma de servidumbre.
-Se preguntaba al marido si «gozaba» con su mujer solo para ver si ese gozo lo alejaba de su «entrega».
La soltería y la madurez: la castración mental.
Y para los que quedaban solteros, el machaque continuaba: ¿Te masturbas? ¿Follas libremente? El objetivo era que, incluso fuera, siguieras sintiendo que tu placer era un «secreto con el diablo» que debías reportar para ser perdonado.
Señores y señoras: todo eso es abuso sexual.
Está disfrazado de piedad, de recato y de vida cristiana, pero es violencia. Es la invasión de la soberanía sobre el propio cuerpo y el propio deseo. Es la expropiación de tu capacidad de gozar para ponerla al servicio de los intereses de una organización.
Ellos lo llaman «la libertad de los hijos de Dios». Yo lo llamo secuestro de la humanidad.
¿Te vas a quedar quieto mientras deciden por ti cómo tienes que sentir? ¿Vas a permitir que tu numerario o un cura, ambos célibes y que nunca ha amado a una mujer, dicten las leyes de tu cuerpo?
Yo dije basta. Mandé a paseo sus guiones y sus inspecciones técnicas de la entrepierna. Hoy soy libre porque he recuperado el mando de mi sexualidad. Dios no está escandalizado por mi placer; está celebrando que, por fin, su Obra Maestra vuelve a estar en manos de su dueño.
Stella
