Día 10. En el vestuario
Hace unos días hablaba del «día que me apunte a natación», y hoy escribo uno de los posts complementarios que no podían faltar: «En el vestuario».
La natación es mucho más que nadar; es un proceso que empieza y termina en un banco de madera. Y es ahí donde te tienes que enfrentar a situaciones para las que, créeme, yo no estaba preparado. Y sospecho que muchos otros tampoco.
Cuando estás acostumbrado a vestuarios «decorosos» (donde la intimidad es un búnker) y te han enseñado que tu cuerpo es algo que debe ocultarse casi por sistema, el primer día de piscina pública es una bofetada de realidad. Te encuentras con un espacio diáfano, bancos corridos y taquillas adosadas a la pared. Sin biombos. Sin escondites.
Al principio, intentas sobrevivir con la técnica que traes de serie: echarle valor y desvestirte «por zonas», tapando una parte mientras liberas la otra, como si estuvieras haciendo un truco de magia con la ropa. Pero el verdadero desafío llega al salir del agua.
El asunto se complica más cuando tienes que hacer el proceso inverso y además pasar por la ducha.: todo iba bien pues las duchas son con cabinas y la intimidad la sigues manteniendo, pero torpe de mí que al terminar la ducha me puse la toalla y me fui tan campante al banco donde esperaba mi ropa y… “¡mierda no me he secado! Y llegó la segunda bofetada del día: empezaron entonces los malabarismos para secarme y vestirme sin que se me cayera el invento, hacer contorsionismo para que no se me viera nada… un estrés absurdo para conseguir vestirme sin haber mojado la mitad de la ropa en el proceso.
Y así terminó mi primer día de piscina, complicado pero resuelto. Luego vendría el segundo, el tercero… poco a poco mentalizándome y pudiendo normalizar la situación.
Aunque también todo puede complicarse aun más; si, aun más: me cambié de piscina y se presentó un nuevo desafío: cuando me fui a duchar no había cabinas y en su lugar había un espacio diáfano con múltiples duchas y ninguna separación para tener tu intimidad. Hay quien opta por dejarse el bañador y enjabonarse encima… Esa no es la solución; eso es muuuy raro; hasta da miedo ver que alguien actúa así. Así que decisión, bañador fuera y a por el agua caliente. Y ya está. En ese momento descubres la gran verdad: estás rodeado de personas semejantes, sin corazas, tal como son.
Con el tiempo, aprendes a normalizarlo todo. Te acostumbras a separar el cuerpo de la sexualidad. Te acostumbras a no esconderte. Entiendes que cada cual es como es y punto. No te hace especial, ni raro, ni pecador que se te vea la marca del bañador, la grasa acumulada o el vello corporal. Es simplemente piel. Es simplemente vida.
Para algunas personas esto es lo más normal del mundo; para los que venimos de donde venimos, es la conquista de un nuevo continente. Me divierte ver ahora a esos que llegan con el bañador puesto debajo de los vaqueros y se van igual y además mojados: «otro traumatizado», pienso con ternura.
Es la falta de libertad vestida de… sin vestir.
Otro día continuaré con la serie de «La piscina» y el post definitivo: «Mi bañador de natación».
Stella
