Día 29. El gran parque temático de la hipocresía
Cuando piensas en la Institución, lees su página web, escuchas los testimonios oficiales o respiras ese «olor a santidad» que desprenden sus procesos de beatificación, todo parece perfecto. Es como un gran «parque temático de la santidad». Una especie de EuroDisney espiritual lleno de gente «pura» en lugar de actores disfrazados, con un gran Castillo de luces de colores y fuegos artificiales invitando a todo el mundo a entrar.
En los 25 años que pasé dentro vi de todo: cosas buenas, cosas mediocres y cosas dignas de excomunión. Vi realidades que me cortocircuitaron la cabeza. Pero lo que más me marcó fue la hipocresía generalizada que recorre los pasillos de ese parque.
El guion siempre es el mismo: cuando te dicen las cosas a ti, tú eres el que falla. Tú eres el que no cumple el Plan de Vida, el que no es generoso, el que no siente la Obra como suya, el sucio, el tibio. Te hacen creer que todos son modelos de virtud excepto tú.
Pero a la hora de la verdad, en las zonas privadas del parque, muchos se pasan las normas (e incluso las indicaciones del Papa) por el forro. Es esa soberbia de sentirse por encima de todo. En Valencia, de hecho, hay una calle a la que llaman «la senda de los justos» porque hay más de diez centros adosados y la Delegación presidiendo. Pura puesta en escena.
A lo largo de los años, las grietas del decorado se hicieron evidentes: Recuerdo a aquel Director que solía decir: «Es que vosotros, los mortales…». Y mientras se creía una criatura celestial, encima de su cama (sin hacer) descansaba el pantalón de su pijama blanco, bien amarilleado en la zona de la entrepierna: Majo, eso no es una polución nocturna; ahí lo que hay es ensañamiento. O el cura que venía de ducharse en otra planta «porque en la suya no salía el agua caliente», mientras a nosotros nos predicaba la mortificación del agua fría. O la supernumeraria que, en el tiempo libre de la convivencia, se va de compras y vuelve con la caja de preservativos transparentándose en la bolsa. O el numerario que folla con las madres del club juvenil que dirige. O los padres que les dan «vitaminas» a sus hijas, cuando en realidad son anticonceptivos para evitar un escándalo. O el que en los negocios es un sinvergüenza y estafa a otro hermano de la Obra sin pestañear. O las supernumerarias que abortan o llevan a sus hijas a abortar en secreto para mantener la imagen de «familia modelo». O, por supuesto, el manoseo sistemático de la intimidad de los miembros a través de informes de conciencia que nadie debería haber escrito jamás.
Esto es Stella: el descubrimiento de que el Castillo era de cartón piedra y los personajes estaban disfrazados. El problema no eras tú, ni era tu falta de generosidad.
El problema es que intentabas ser un santo de verdad en un parque temático donde lo único que importaba era que la atracción siguiera funcionando y el dinero siguiera entrando.
Bienvenidos a la realidad. Es menos colorida que EuroDisney, pero aquí, por lo menos, se puede respirar.
Stella
