Día 22. La Iglesia. ¿Una, Santa y… Cómplice?

Cada vez que rezamos el Credo, pronunciamos esa frase: «Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica…». Y confieso que hoy esto me da mucho que pensar. ¿Es de verdad Una? ¿Es de verdad Santa?

Dicen que tiene que haber de todo en «la viña del Señor», pero hay cosas que claman al cielo y, encima, nos obligan a hacer como si no existieran. Es una especie de esquizofrenia institucional de la que es muy difícil salir sin que te acusen de traidor.

Hace poco comentaba con alguien los graves problemas que hay dentro de la Iglesia, y su respuesta fue la de siempre: «es que la Iglesia está formada por hombres, y los hombres somos pecadores; pero criticar esto es murmurar contra la Iglesia, y eso es lo que quiere el diablo».

¿Y entonces qué hacemos? ¿Asumimos que como somos pecadores ya tenemos vía libre para mirar hacia otro lado? En mi pueblo, si sabes que algo se está haciendo mal y te callas, no eres un «santo silencioso», eres un «cómplice». Encubrir el mal es colaborar conscientemente con él. Por eso, cuando saltan noticias de abusos encubiertos o excesos de poder, no deberíamos llevarnos las manos a la cabeza con sorpresa; deberíamos preguntarnos por qué permitimos que el silencio fuera la norma.

Recuerdo que hace unos años fui a hablar con el Vicario Judicial del Tribunal Eclesiástico de mi diócesis. Quería decirle que algunas cosas que se hacían en su tribunal dejaban mucho que desear. Me costó Dios y ayuda conseguir la cita, y cuando por fin estuve frente a él, me encontré con un muro de soberbia. — Tú ya tienes lo que querías, así que todo solucionado —me dijo, despachándome. — Un momento —respondí—. No he venido aquí para que me den palmaditas en la espalda. He venido a decir que esto no se está haciendo bien.

¡Para qué quise más! Se puso a gritarme que eso se hacía «como dicta la Santa Madre Iglesia», que «la Iglesia no se equivoca» y que me largara de allí, que tenía mucha prisa. Me echó de su despacho a gritos.

Aquella anécdota refleja fielmente cómo funciona el engranaje: la institución se protege a sí misma usando el nombre de Dios como escudo. ¿Y aún nos extrañamos de que la Iglesia esté como está?

Solo hay que ver la tomadura de pelo del Opus Dei al Papa durante estos últimos cuatro años, mareando la perdiz con los Estatutos y haciendo lo que les da la gana. Y lo peor son los que siguen dentro con una «fe ciega» en la Institución.

Pero cuidado: la fe se tiene en Dios, al que no has visto. La institución es muy humana y muy visible; no hace falta fe para ver sus errores. Ninguna organización está por encima del Papa, ni mucho menos por encima de la Verdad.

Si queremos que las cosas cambien, cruzarnos de brazos y repetir que «somos pecadores» no es la solución. Eso es pereza y complicidad. Actúa. Recupera tu voz. Porque una Iglesia que no se deja cuestionar, termina por no parecerse en nada a la que soñó Jesús.

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