Día 18. Reaprendiendo

Aunque llevamos navegando días, antes de entrar en los puertos más «complejos» y arriesgados de este viaje, necesito detenerme aquí. Necesito hablaros de un concepto que es la brújula de Stella: reaprender.

Hay quien prefiere llamarlo «desaprender», pero yo me rebelo contra ese término. Desaprender suena a dejar un hueco vacío, a borrar una pizarra y quedarse mirando el polvo de la tiza. Y sanar no es quedarse vacío; es volver a aprender la realidad de una forma correcta, humana y digna para poder, por fin, vivir en sosiego.

Las consignas de la Institución nos quedaron marcadas a fuego, no en el espíritu, sino en las neuronas. Años después de cerrar la puerta por fuera, sigo descubriendo cada día hasta dónde llegó aquel secuestro del pensamiento. Fue un despliegue de ingeniería social perfectamente orquestado para lograr el control más absoluto que existe: el de tu mente a través de tu cuerpo, y el de tu fe a través de tu miedo.

Para reaprender hace falta una decisión de capitán: no mirar atrás.

Hace falta arrancar de raíz esa conciencia deformada que nos inocularon, donde todo era pecado o, lo que es peor, «podía llegar a serlo». Tenemos que desmantelar esos escrúpulos de laboratorio que nos hacían sentir pecadores empedernidos antes incluso de haber tenido un deseo. Ese miedo a la condenación eterna por una «faltita» de nada –un retraso de cinco minutos, un dulce a deshora, una mirada de reojo– que nos hacía salir corriendo a buscar un confesionario como si lleváramos una bomba en las manos.

Reaprende, de una vez por todas, que el Dios de la contabilidad no es el Dios de Jesús.

Ese Dios que lleva hojas de Excel con tus normas marcadas, que tiene una ristra de numerarios apuntando lo que haces mal en una libreta y que te empuja por el «plano inclinado» de una vocación donde nunca nada es suficiente… ese no es Dios. Es una multinacional del miedo. Esa maratón infinita hacia una perfección de escayola no tiene nada que ver con el Evangelio.

Reaprende el Amor de Dios. Ese que no lleva cuenta de los delitos y que, como decía San Juan de la Cruz, «al atardecer de la vida solo nos examinará del amor». Un Dios que no se escandaliza de tu piel, ni de tus ganas de gozar, porque Él es el arquitecto que diseñó cada una de tus terminales nerviosas.

Vendrán días en este Cuaderno de Bitácora en los que hablaremos de cosas muy íntimas. Hablaremos de la masturbación, de follar con amor, de la transparencia física y de anatomías sin camuflaje. Sé que esto va a escandalizar a los que todavía prefieren el pijama amarilleado de la hipocresía. Pero es necesario. Hay que hablar de lo que aprendimos mal para poder aprenderlo de la forma correcta.

Y de paso, os lo aseguro, nos echaremos unas risas. Porque no hay nada más sanador que reírse a carcajadas de lo absurdos que fuimos al creer que un trozo de tela o un minuto de sueño nos alejaban del Cielo.

Reaprende tu derecho a sentir. Desaprende la técnica del miedo. Y, sobre todo, vive. Porque la Vuelta al Mundo no se hace para llegar a un puerto, sino para descubrir que el mar siempre fue tuyo.