Día 3. Conquistando mi cuerpo: mortificación
Una de las primeras cosas en mi camino de sanación ha sido reconciliarme con mi cuerpo: sí, reconciliarme; y sí, con mi cuerpo. Lo tenía aletargado con tanta norma, con tanta mortificación, con tanta tontería de que hay que controlar el cuerpo para que no se subleve y aparezcan todo tipo de cosas horribles (tal como si fuera un gremlin cuando se moja).
Es que al cuerpo hay que mantenerlo a raya… ¿a raya de que? ¿De lo que a algún iluminado se le ocurrió que era lo conveniente? Dios nos hizo así.
Al tratar al cuerpo como instrumento de pecado y sacrificio para espiar dichos pecados estamos quitándole el valor original: lo bonito del cuerpo es ahora feo. El cuerpo es imagen de Dios, que en su infinita sabiduría nos hizo así. El cuerpo no tiene una tendencia a, el cuerpo es.
¿Para identificarme con Cristo tengo que recurrir a la mortificación corporal? El cilicio, las disciplinas, al agua fría o el retrasar el vaso de agua (por decir algo) ¿me ayudan a identificarme con la pasión de Cristo? ¿Me identifico con el daño que le hicieron los «profesionales de la flagelación»? No me tengo que hacer el Cristo con la parida de mortificaciones homologadas por que no soy Ėl, no tengo que pasar por eso (como si esa agua fría fuera similar a un solo latigazo de la flagelación). ¿O acaso es por creerme como Él (Dios) para poder redimir de los pecados al mundo entero? Eso ya lo hizo Él por todos nosotros.
Así que las cosas malísimas del cuerpo… ¡qué cosas malísimas! Está creado para dar gloria a Dios tal como lo creó. El resto son pamplinas.
Aprovecha el cuerpo para lo que se creó, no para generar culpa con él. Tu corazón late tranquilamente, tus pulmones cogen aire y tu sistema digestivo acaba expulsando lo que no sirve; todo tan natural. ¿Porque quitarle la naturalidad a otras funciones del cuerpo? ¿Es mi sexualidad menos digna que el latir de mi corazón? O mi pensamiento, o mi gusto, o mi cabeza…
Llevar el cuerpo a raya es lo antinatural, es lo que lo daña. Pero a lo que más daña es al espíritu generando culpa, ansiedad y una visión distorsionada de Dios y de uno mismo, pues le hace creer que toda la represión es por un bien mayor; y no es así.
Todo esto da para que hablar mucho y sobre todo para sanar, así que poco a poco iré desgranando muchas más cosas del «cuerpo». Mientras tanto: escucha a tu cuerpo y reconcíliate con él. Y recuerda que las conquistas se hacen poco a poco.
Stella
