Día 52. La pirámide que no se derrumba: La desconfianza de los «ex»

Hay una cosa curiosa —y bastante triste— que pasa entre los que hemos salido del Opus Dei: las diferencias de rango y responsabilidad que teníamos dentro siguen dictando nuestras relaciones fuera. Parece que, aunque cerremos la puerta, seguimos llevando la pirámide de poder grabada en la frente. En lugar de vernos como náufragos iguales que han llegado a la misma orilla, seguimos mirándonos de reojo según el «grado de compromiso» que tuvimos.

Porque, no nos engañemos, fuera de la Institución sigue existiendo esa jerarquía de responsabilidad por los actos cometidos. No es lo mismo el que obedecía que el que mandaba.

Si miramos el mapa de los que salimos, nos encontramos con los mismos grupos de siempre:
-Las numerarias auxiliares: la mano de obra incansable, las más invisibles.
-Las administradoras: las que imponían el «espíritu de casa» a golpe de organización.
-Los numerarios/as: con sus trabajos externos pero controlando a sus grupos de supers.
-Los directores y cargos de Delegación/Comisión: los que manejaban información sensible, los que organizaban la vida de los demás desde despachos opacos.
-Los agregados/as: en un limbo de compromiso pero con menos confidencialidad.
-Los supernumerarios/as: la base, los que dependían de un centro y de su numerario de turno.
-Los celadores: supernumerarios que hacían de «subjefes» de grupo.
-Los cooperadores: los que estaban para rellenar y, sobre todo, para soltar la pasta.
-Los curas: piezas clave que «están pero no están», poseedores del secreto del fuero interno y cuyo voto, aunque digan que no cuenta en los consejos, siempre «va a misa».

A esto hay que sumarle la jerarquía del poder social y económico, que es lo que realmente mueve a la Institución. Cuanto más dinero o influencias tengas, más te alabarán, dentro y fuera. Y, por supuesto, el nivel generacional: los de «primera generación» que entraron engañados, frente a los de segunda o tercera que ya nacieron con la mente estructurada para la docilidad.

¿Para qué señalo todo esto?

Para explicar por qué nos cuesta tanto unirnos. Tenemos más empatía con los que vivieron lo mismo a nuestro nivel. Cuanto más abajo de la pirámide estuviste, a más gente tuviste por encima abusando de ti.

En mi caso, como supernumerario, yo era un «soldado raso». No mandaba sobre nadie, no obligaba a nadie a hacer nada, no manejaba información confidencial ni iba a convivencias de vips. Mi conciencia en ese sentido está limpia: no tengo que pedir perdón por haber abusado de nadie.

En cambio, tu celador, tu numerario, tu director, tu vocal… sí manejaron tu información sensible. Ellos sí abusaron de ti en mayor o menor grado. Y aunque hoy se escuden en que «no sabían que era malo» o que «cumplían el espíritu de casa», la responsabilidad está ahí.

He comprobado que para que haya fluidez entre exmiembros, parece que tenemos que ser del mismo «rango». Si trato con exnumerarios, en cuanto digo que soy ex-super, el trato se corta. No estamos al mismo nivel. Su problema es «diferente» y, además, sienten el peso de que yo podría recriminarles que ellos, como superiores, me abusaron.

Incluso con los curas pasa lo mismo. Están tan centrados en recuperar su vida sacerdotal en una diócesis que no quieren saber nada de «aventuras» o sueños de hacer el bien con otros exmiembros. Desaparecen tras la primera conversación.

O el caso de otros que se refugian exclusivamente en la terapia clínica y desconfían de cualquier otra vía de sanación más humana o espiritual.

No sé si es desconfianza, falta de empatía o simplemente agotamiento. Pero la realidad es que no hay ganas de remar juntos. Siguen los recelos, las jerarquías mentales y las situaciones incómodas.

Al final, parece que la última lección que nos dio el Opus fue que, incluso para ser libres, cada cual tiene que buscarse la vida por su cuenta.

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