Día 17. La Piscina (III). Mi bañador de natación

Llegamos casi al final de la serie de «La piscina», y no podía faltar el protagonista absoluto: el bañador. Esa prenda que va pegada a la piel y que, durante años, no fue una herramienta deportiva, sino un muro para «ocultar las vergüenzas» ante las miradas ajenas.

Ya seas hombre o mujer, nos enseñaron que el bañador no era tu segunda piel; era un objeto para cubrir, disimular y no dejar ver nada que no fuera estrictamente indispensable. O eso era lo que nos decían.

Todavía hoy me encuentro en las calles de la piscina con esos modelos «supervivientes». Veo a chicos con bañadores de algodón que cubren medio muslo (y que al salir del agua se quedan pegados). Y veo a chicas con bañadores tipo «armadura», diseñados para blindar el pecho y no dejar escapar ni un milímetro de nalga; algunas incluso con esa faldita o pantaloncillo superpuesto para estar absolutamente seguras de que nada se marca o escapa.

Pero cuando empiezas a nadar de verdad, te das cuenta de que la supuesta «decencia» es la enemiga de la técnica. Mi evolución ha sido un viaje de reconquista. El primer día me presenté con un modelo «intermedio», ni muy largo ni muy corto, intentando no dar el cante. Pero poco a poco, fui ganando terreno. Pasé del bañador algo suelto que me llegaba a medio muslo al modelo que recoge perfectamente hasta media pierna, y acabé en el slip técnico. Para un chico, pasar del pantalón al slip es descubrir por fin la libertad total de movimiento y sentir el agua en la piel sin telas que te frenen.

Y lo mismo he visto en ellas. He visto cómo muchas pasaban de esos bañadores opacos y pesados que lo ocultaban todo, a modelos de «corte alto». Esos que liberan la pierna y la nalga, permitiendo que el cuerpo trabaje sin restricciones. No se trata de enseñar por enseñar, se trata de «fluir». Se trata de que la prenda sea un aliado que te sujeta donde toca, pero que te libera donde necesitas moverte.

He pasado de los colores oscuros y discretos a estampados vibrantes. Pero, sobre todo, he pasado de sentir que el bañador me dominaba a ser yo quien domina la prenda. Ya no salgo del vestuario con la sensación de ir desnudo; salgo con la equipación que requiere mi deporte, con la seguridad de quien sabe que su cuerpo es suyo y no tiene por qué pedir perdón por su forma.

Esto no pasa solo en la piscina. En cualquier deporte, lo raro es utilizar ropa que te estorba por miedo a lo que digan: ríndete a la técnica y gánale la batalla a esa falsa decencia. Utiliza lo que de verdad funciona. Porque cuando dejas de pelearte con el bañador, empiezas a disfrutar del agua. Y ahí, en ese momento de libertad total, es donde te das cuenta de que lo que te decían que era «decente» solo era una forma más de tenerte atado, incluso debajo del agua.