Día 1. El minuto heroico

No podía empezar este Cuaderno de Bitácora hablando de otra cosa. Si vamos a dar la Vuelta al Mundo, tenemos que empezar por el momento en que se levanta el ancla: el despertar. En la Institución, ese momento tenía un nombre épico y casi militar: el minuto heroico.

Nos decían que era la forma de poner las cosas claras desde el primer segundo: no darle ni un respiro a la pereza, dominar al cuerpo y someter los instintos más básicos a la voluntad. Ya vimos en la serie El Minuto Heroico la recreación de esta norma: un levantamiento cuasi «niña del exorcista» en cuanto sonaba el despertador.

Pero el espectáculo no terminaba con el salto.

Después del levantamiento tipo resorte, venía el ritual de la sumisión: tirarse al suelo, besar las baldosas –frías en invierno– y pronunciar el «Serviam» (Serviré). De ahí, otro salto para ponerse en pie y salir corriendo al aseo como si te persiguiera el demonio. Nada más empezar el día y ya llevas las neuronas mareadas de tanto cambio de posición brusco y tanta consigna bélica. Pero no pasa nada, porque la siguiente estación era la ducha de agua fría, encargada de terminar de anestesiar cualquier asomo de pensamiento propio.

Siempre he pensado que en el Opus Dei tienen un problema serio con el sistema métrico, tanto el decimal como el temporal. Llamarlo «minuto» heroico es, de nuevo, una trampa del lenguaje. En un minuto hay sesenta segundos, y sesenta segundos dan para mucho: dan para estirarse, para notar el calor de las sábanas, para dar las gracias por un nuevo día o incluso para echarse un sueñecito de propina. Lo que ellos exigían no era un minuto; era el segundo heroico.

Esa es la gran esquizofrenia de la casa: una cosa es la norma escrita (el minuto) y otra la praxis interna (el resorte). Es la misma diferencia que hay entre los Estatutos que le enseñan al Papa y la vida real que nos imponían a nosotros. Nos querían atletas de la asfixia, cronometrando hasta el primer suspiro de la mañana.

¿El resultado? Un cuerpo que se despierta en estado de alerta, inundado de cortisol desde el segundo uno. Una vida que empieza con una derrota –la de tu propio descanso– disfrazada de victoria espiritual.

Hoy, mi mayor acto de soberanía ocurre antes de abrir los ojos.

Hace años que jubilé el despertador. He descubierto que mi cuerpo, cuando no se siente amenazado, es un reloj de alta precisión. Él gestiona los tiempos. Hay días que me pide saltar de la cama para coger la bici y otros que me pide quedarme un rato más, simplemente sintiendo el peso de mis 78 kilos de libertad. Ya no hay besos al suelo, ni palabras en latín, ni prisas por huir de mi propia piel.

La verdadera santidad no es saltar como un muelle; es despertarse con el sosiego de saber que el único que manda en mi cama, en mi tiempo y en mi despertar, soy yo. El minuto ahora es mío, los sesenta segundos me pertenecen, y os aseguro que saben a gloria.