Día 1. El minuto heroico
No podía empezar hablando de otra cosa, lo primero del día: El minuto heroico. Eso que nos decían que era poner las cosas clarar desde primera hora del día: no darle ni un segundo a la pereza (dominar siempre al cuerpo y sus instintos más básicos).
Ya vimos en la serie de MAX con el mismo título la recreación de esta norma y el levantamiento cuasi «niña del exorcista» al sonar el despertador. Claro que después del levantamiento tipo resorte venía tirarse a besar el suelo y el serviam, y después otra vez salto a ponerse de pie y salir corriendo al aseo personal. Nada más empezar el día y ya llevo las neuronas mareadas de tanto cambio de posición brusco. Pero no pasa nada, que ahora me voy a la ducha y el agua fría ya las termina de anestesiar.
Aunque yo, que siempre le voy buscando los tres pies al gato (o los cinco), siempre he pensado que la norma y la realidad no se correspondían. La realidad era que había que vivir el segundo heroico y no el minuto heroico. A ver si nos ponemos de acuerdo, porque en un minuto hay sesenta segundos y eso cambia mucho la situación. En sesenta segundos me da tiempo hasta echarme otro sueñecito… y nada de eso de tener que saltar como con un resorte.
Tal vez sea, como con muchas otras cosas de la Institución, que una cosa sea la norma y otra la realidad: una cosa son los Estatutos y otra la praxis interna.
Pero una cosa siempre tuve clara: que los sesenta segundos del minuto dan para mucho.
Debe ser por eso que ya nunca utilizo despertador; mi propio cuerpo gestiona los tiempos y las situaciones. Y ni me quedo dormido ni me angustio por tener que salir corriendo un día que voy más lento.
Stella
