Dia 25. Hola Dios (II). Redescubriendo a Jesús

Cuando abandonas eso que llaman «la vocación divina al Opus Dei», te sientes de pronto a la intemperie. Te han repetido tantas veces que habías sido escogido desde la eternidad para una misión concreta, que al salir sientes que has perdido el sentido de tu existencia. Te sientes desprotegido de «eso» que lo llenaba todo.

Pero es precisamente ahí, en ese vacío, donde por fin puedes decir: «Hola, Dios».

Sanar la fe significa entender que Dios no tuvo la culpa de tu mala experiencia dentro de la Institución. Significa separar el Amor del control. Yo inicié este camino de trato directo estando aún dentro, y me costó múltiples reprimendas por «falta de docilidad». Hoy sé que aquello fue un abuso espiritual: nadie tiene derecho a ponerse entre Dios y tú.

Si quieres reconstruir tu fe de una forma sana y auténtica, aquí tienes una propuesta para retomar el contacto real:

Lee directamente a Jesús (sin filtros):
-Deja los guiones: Aparca por un tiempo los libros de lectura espiritual, los comentarios de «casa», los podcast dirigidos o las interpretaciones dogmáticas.
-Ve a la fuente: Concéntrate solo en los cuatro Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan).
-Observa: Fíjate en las palabras de Jesús, en sus acciones y, sobre todo, en a quiénes se acerca. Observa sus críticas: ¿qué es lo que más cuestiona Jesús? (Pista: la hipocresía de los que se creen perfectos).

Reflexiona por ti mismo:
-No busques la «idea para la charla». Simplemente piensa en lo que has leído.
-Pregúntate: ¿Cómo resuena esto conmigo hoy? ¿Qué me dice a mí sin uniformes ni cargos?

Trata a Jesús:
-Es tu amigo en el que puedes confiar y nunca te defraudará.
-No utilices guiones o “plantillas” de oración; trátale desde tu corazón.
-Cuéntale tus cosas como a un amigo, no como a un soberano al que tratas según dicta el protocolo.
-Improvisa, sé natural, no maquilles las cosas, ten una conversación sincera con Él: ya sabe todo antes de que se lo digas pero quiere que seas tú quien se lo cuente.
-También puedas estar sin decirle nada: solo en su presencia, contemplándole.
-Enfócate en un Dios de Amor, misericordia y gracia, no en un juez severo con una agenda; es un padre que te recibe cuando vuelves a casa.

Recupera a «los otros» (sin objetivos):
-Tus amigos, tu familia, el vecino… deja de verlos como «objetivos apostólicos».
-Pregúntate simplemente: ¿Cómo puedo quererlos mejor? ¿Qué necesitan de mí hoy? El amor real no lleva una libreta de informes debajo del brazo.

Desafía la «culpa»:
-Identifica el disparador: Cuando sientas ese nudo en el estómago que dice «esto es pecado», detente.
-Cuestiona la fuente: Pregúntate: «¿Esto lo dijo Jesús o es una norma de la Institución? ¿A quién beneficia que yo me sienta culpable ahora?».
-Reafírmate: Sustituye el miedo por amor propio. Tu cuerpo es bueno, tus deseos son humanos y eres amado de forma incondicional, tal cual eres.

Haz pequeños actos de Amor real:
-No hace falta que «cambies el mundo» ni que cumplas cuotas de proselitismo. Una escucha activa, una sonrisa sincera o una ayuda práctica a alguien cercano valen más que mil planes apostólicos. Jesús vivió en los pequeños gestos.

Bienvenido a tu nuevo camino. Ahora el mapa lo dibujas tú, y tu único guía es el Amor.

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