Día 36. Cervezas con guion: La prohibición de estar mal

Si algo aprendí en mis años de «fraternidad» institucional es que quedar con alguien de dentro para tomar una cerveza era, sencillamente, raro.

Si un hermano te llamaba para quedar, automáticamente se te encendía el radar de alerta: «¿Qué habré hecho mal? ¿Viene a hacerme una corrección fraterna? ¿O es que necesita pedirme un favor para algún encargo?». La espontaneidad había muerto en el altar de la eficacia. Los de fuera eran «objetivos apostólicos»; los de dentro éramos, simplemente, compañeros de fila que debíamos dar buen ejemplo los unos a los otros.

Recuerdo una vez que quedé con un miembro que, por lo que yo sabía, lo estaba pasando mal. Yo iba con la intención de escucharle, de dejar que se desahogara, de ser un hombro donde apoyarse. Pero en cuanto nos sentamos con la cerveza delante, se activó el mecanismo de defensa institucional.

La charla se convirtió en un monólogo de éxito: «Estoy fenomenal», «el trabajo me va increíble», «estoy en cuatro proyectos a la vez…». Cuanto más cansado se le veía, más intentaba convencerme (y convencerse) de que era el prototipo de socio perfecto. En la Obra, de los problemas no se habla; se «ofrecen». Pero al ofrecerlos al silencio, se convierten en un muro que te separa de los demás.

Fue una de las cervezas más amargas y solitarias de mi vida.

Hoy entiendo que esa «familia» es un castillo de cartón piedra porque no permite la verdad. La verdadera fraternidad es la que te deja decir: «Estoy hundido, no puedo más, ayúdame». Pero eso, en un entorno donde se premia la «eficacia santa» y el «tono humano impecable», es una traición al espíritu de la casa.

Salir de allí ha sido, entre otras muchas cosas, recuperar el derecho a estar mal.

Ahora, cuando quedo con un amigo de verdad, la cerveza es transparente. Si uno está cansado, lo dice. Si uno tiene dudas, las comparte. No hay «guiones doctrinales» ni «máscaras de éxito». No hay que ser un héroe de la perseverancia las 24 horas; basta con ser humano.

Qué descanso da, por fin, tomarse una cerveza con alguien que no tiene que demostrarme que es un santo, sino que simplemente me quiere.

Publicaciones Similares