Día 36. Cervezas con guion: La prohibición de estar mal
Si algo aprendí en mis años de «fraternidad» institucional es que quedar con alguien de «casa» para tomar una cerveza era, sencillamente, una actividad de alto riesgo emocional. No era un momento de relax; era un ejercicio de equilibrismo sobre una cuerda floja de apariencias.
En el mundo real, una cerveza es un paréntesis, un espacio donde el tiempo se detiene y las defensas bajan. En la Obra, sin embargo, la espontaneidad murió hace décadas en el altar de la eficacia. Los que estaban fuera eran «objetivos apostólicos» a los que había que seducir; los que estábamos dentro éramos soldados rasos que debíamos dar buen ejemplo los unos a los otros las veinticuatro horas del día.
Por eso, si un «hermano» te llamaba para quedar, automáticamente se te encendía el radar de alerta. En lugar de pensar «qué bien, voy a ver a un amigo», tu cerebro procesaba la llamada con sospecha: «¿Qué habré hecho mal? ¿Viene a hacerme una corrección fraterna? ¿O es que necesita pedirme un favor, dinero o que me encargue de algún marrón institucional?». El encuentro ya nacía viciado por la desconfianza.
Recuerdo con una tristeza especial una vez que quedé con un miembro que, por lo que yo sabía, lo estaba pasando mal. Yo iba con la intención honesta de escucharle, de dejar que se desahogara, de ser el hombro donde pudiera soltar la carga. Pero en cuanto nos sentamos con la caña delante, se activó el protocolo automático de defensa.
La conversación no fue un diálogo; fue un monólogo de éxito. «Estoy fenomenal, el trabajo me va increíble, estoy en cuatro proyectos a la vez, no paro». Cuanto más hablaba, más intentaba convencerme (y convencerse a sí mismo) de que era el prototipo de socio perfecto: productivo, alegre y con el control absoluto de su vida.
En la Institución, los problemas no se comparten; se «ofrecen». Pero al ofrecerlos al silencio, se convierten en un muro de cemento que te separa de los demás. Al final, brindamos por una felicidad de cartón piedra. Fue una de las cervezas más amargas y solitarias de mi vida. Me sentí un extraño ante alguien que se suponía que era mi hermano.
Hoy entiendo que aquella «familia» no podía permitir la verdad porque la verdad es desordenada, y el Opus solo entiende de cuadrículas. La verdadera fraternidad es la que te permite decir: «Estoy hundido. No puedo más. Ayúdame». Pero eso, en un entorno donde se premia la «eficacia santa», se considera una falta de espíritu, una debilidad que hay que corregir en la charla y no en un bar.
Salir de allí ha sido, entre otras muchas victorias, recuperar el derecho a estar mal.
Ahora, cuando quedo con un amigo de verdad, la cerveza es transparente, igual que nuestra conversación. Si uno está agotado, lo dice. Si uno tiene dudas existenciales, las pone sobre la mesa sin miedo a que mañana aparezcan en un informe del Consejo Local. No hay guiones doctrinales, no hay máscaras de éxito, no hay que ser un héroe de la perseverancia en cada sorbo. Basta con ser humano.
Qué descanso da, por fin, sentarse en una terraza con alguien que no tiene que demostrarme que es un santo ni un triunfador, sino que simplemente me quiere por lo que soy: un hombre que a veces acierta, a veces se equivoca, y que hoy, por fin, bebe su cerveza en paz.
Stella
