Día 64. Pequeños placeres: El banquete de lo «inútil»
Una de las obsesiones más retorcidas de los sistemas de control es el utilitarismo: todo debe servir para algo. Si algo no es estrictamente necesario, si no tiene una finalidad apostólica o de servicio, se etiqueta como una «falta de pobreza» o un capricho egoísta.
Hoy, en mi Vuelta al Mundo, he descubierto que el mayor lujo no es el dinero, sino el derecho a no hacer nada, a tener algo porque sí o a perder el tiempo y quedarme «tan campante».
Mi libertad empieza en la acera. Ahora puedo caminar por la calle sin un objetivo específico, sin tener que ir «aprovechando el tiempo» con rosarios, estampas o jaculatorias mecánicas. Camino a ritmo de paseo, descubriendo edificios que nunca vi y tiendas que ni sabía que existían. Incluso me permito mirar de frente esas cosas «inconvenientes» de los escaparates o el puesto de tangas del mercadillo. He descubierto que un trozo de encaje es solo ropa, no un pasaporte a la condenación eterna.
Poder ir de excursión sin que sea un «plan apostólico» es la gloria. Coger la mochila, unos bocadillos y marcharte al campo, a la piscina o a la playa. Sí, a la playa; ese lugar que nos pintaban como un campo de minas porque va con con bikinis minúsculos, en topless o hasta sin nada. Qué horror, ¿verdad? Ver cuerpos de personas reales y no ángeles de escayola. Tumbarse a la bartola, dejar que la brisa te acaricie y que el sol marque tu piel mientras te carga de vitamina D. Eso no es ocasión de pecado; es salud.
Y hay placeres que no necesitan pasaporte. A veces, la soberanía se esconde en el pasillo del supermercado:
-Elegir unos yogures diferentes solo porque te apetece probar el sabor.
-Cambiar el suavizante de la ropa por uno que huela a flores.
-Comprarte un gel de ducha que te haga sentir en un jardín mientras te enjabonas.
-O algo tan básico como estrenar cuchillas de afeitar en cuanto las notas gastadas, sin esperar a que el dolor sea una «pequeña mortificación».
La libertad es entrar en una librería y comprar un libro cualquiera porque te gusta la portada, sin tener que consultar una lista de calificación moral. Es comprar esas flores para el salón simplemente porque alegran la vista. Es apuntarse a pilates, a baile, a cocina o a pintura, no para «formarte», sino para disfrutar.
Y esa excursión familiar a un parque temático, simplemente a pasarlo bien y disfrutar con los tuyos. Y ese concierto, o ese musical o esa obra de teatro o ese cine. Esas dos horas de desconexión de la realidad.
Y el dia que se me ocurrió ir a un spa, con esos chorritos de agua apuntando a todas las zonas de tu cuerpo o las manos del masajista rozando y presionando todo tu cuerpo, y sentir esa gran sensación de relajación y paz.
Y el día que te apetece comprarte eso tan mono que has visto en un escaparate. O el día que decides dejar el sujetador en el cajón y descubres la libertad de tu cuerpo. O un cambio de peinado. O atreverte con ese bañador estampado y dejar atrás los monocromáticos oscuros, y ya ni te cuento si encima es más ceñido, si es un bikini o si no recoge a la perfección todo,
Ninguna de estas cosas es necesaria. Ninguna es imprescindible. Pero todas son mías. Las hago desde mi libertad y me quedo tan a gusto. He descubierto que Dios no está contando mis yogures ni vigilando mis excursiones; Dios está celebrando que, por fin, su hijo ha dejado de ser un esclavo del «deber» para ser un maestro del «querer».
Stella
