Día 61. A base de pastillas. La Anestesia contra la libertad
Cuando oigo hablar de la famosa «cuarta planta» de la Clínica de Navarra o de tantos miembros empastillados, mi memoria se dispara. No es solo lo que cuentan los libros o los testimonios en redes; es la realidad de un sistema que, cuando no puede doblegar tu alma con rezos, lo intenta con la farmacia.
En el Opus Dei, el proceso es siempre el mismo: en cuanto un miembro empieza a «flaquear» —es decir, en cuanto su naturaleza empieza a rebelarse contra la asfixia—, se le manda al experto. Pero no a cualquier experto. Te mandan a la consulta de un psiquiatra «de confianza», alguien de casa que hable el mismo idioma de eufemismos y obediencia.
Un profesional ajeno a la burbuja vería rápidamente que el paciente no está enfermo, sino abusado. Pero al profesional de casa no le interesa la causa, sino el mantenimiento. Y por si acaso te da por contar la verdad, vas acompañado por tu numerario (la «carabina»), que se asegura de que el diagnóstico no se salga del guion. Al final, el remedio siempre es el mismo: una combinación de antidepresivos, relajantes y pastillas para dormir. El objetivo no es que estés sano, es que estés anestesiado para que sigas en la fila sin dar problemas.
Te dicen que te tomes unas vacaciones del trabajo para hacer mejor las normas, cuando lo que tu alma grita es que te des unas vacaciones de las normas para poder volver a vivir.
He oido hablar de directores que tenían ya hasta las recetas de fármacos firmadas por profesionales de la salud en un cajón, por si alguien las necesitaba de urgencia. Pero lo que encontré en mi caso fue que el director era el propio «psicópata» que se dedicaba a la medicina profesional en el ámbito de la medicina psicosomática, un «dos por uno» en control mental. Un día en medio de la charla fraterna sacó su talonario de recetas y allí mismo escribió el remedio a mis males en forma de pastillas (advirtiéndome que como eran medicamentos potentes tenía que seguir el tratamiento de introducción y desintoxicación indicado para no tener secuelas). Aquel día, el «examen particular» se convirtió en una receta de farmacia. Fue la violación definitiva de mi fuero interno a través de la química.
Y es que en la Obra las moscas, los mosquitos y las tentaciones se matan a cañonazos: si la oración no puede, se sube la mortificación; si la mortificación no basta, se recurre a las pastillas; y si el cuerpo sigue rebelde, se llega a la cirugía (como aquel clítoris que quisieron podar).
Qué triste es oír que en la Institución las pastillas se utilizan para acallar las depresiones o simplemente la líbido. Yo ahora veo a mi urólogo que se preocupa por mi vida sexual y me receta pastillas para que mi cuerpo celebre la vida y goce más. Así de simple. Dos maneras de ver la vida y el cuerpo: la de reprimir y anestesiar de lo que estorbe, o la de animar y potenciar para que sienta la maravilla de estar vivo.
Stella no receta pastillas para olvidar. Stella ofrece días y días de realidad sin filtros. Prefiero despertarme a las seis de la mañana lleno mi propia vitalidad, que despertarme vacío por culpa de un tratamiento diseñado para anularme. Se acabó la anestesia. Hoy elijo sentirlo todo.
Stella
