Día 49. ¿Se equivocó Dios? La ingeniería del placer

Durante años me hicieron creer que mi cuerpo era una «máquina perfecta de pecar». Un campo de minas donde cada sensación era una amenaza y cada rincón de mi anatomía, una «ocasión de pecado». Pero hoy, al mirarme al espejo con naturalidad y al habitar mi piel con sosiego, he llegado a una conclusión revolucionaria: mi cuerpo es la gran obra de Dios, no Su error.

Qué horror debe ser para un espíritu reprimido contemplar su propio cuerpo y descubrir que existen órganos diseñados exclusivamente para el gozo.

Pensemos en el clítoris. Es el único órgano humano que no tiene otra función más que el placer. No sirve para procrear, no sirve para dar la vida, no tiene una utilidad mecánica en la supervivencia. Está ahí solo para el deleite de la mujer. ¿Estará mal hecho? ¿Fue un descuido del Creador?

Y lo mismo ocurre con el hombre. Es maravilloso ver la belleza de un pene, con su glande regordete y sensible, diseñado con la función de friccionar, de sentir y de provocar un placer inmenso en el encuentro con la mujer.

Para la Institución, la única forma de que seas ese «hombre de Dios» es dejando de ser un hombre de carne. Te obligan a tapar, a camuflar y a vigilar cada rincón de tu anatomía porque asumen que tu naturaleza está averiada. Si tu glande es regordete y sensible, o si el clítoris femenino existe solo para el gozo, para ellos no es una maravilla de la ingeniería divina; es una imperfección peligrosa que Dios, por lo visto, puso ahí para ponernos a prueba.

Esa es la castración mental: te hacen sentir que lo más natural de ti es tu mayor enemigo.

Dios no es un ingeniero puritano que se asusta de los fluidos o de las erecciones. Dios es quien diseñó la fricción, quien inventó el orgasmo y quien puso en nuestra piel la capacidad de retorcernos de placer. Si Él lo hizo así, es porque es bueno. Lo que es realmente antinatural —y casi herético— es tratar esa obra maestra como si fuera algo sucio que hay que «arreglar» con cirugías o silenciar con pastillas.

Dios no me hizo con piezas defectuosas que hay que ocultar o medicar. Me hizo íntegro. No hay nada más limpio que reconocer que mi capacidad de gozar es parte de mi santidad. La verdadera castración no era el celibato o el recato; era la mentira de hacernos creer que para llegar a Dios teníamos que renunciar a nuestra humanidad.

Al final, terminas por no saber quién eres. ¿Eres la obra maestra de Dios o eres un despojo que tiene que esconderse tras un matojo y un prepucio para no ofender al cielo? Esa confusión mental es el candado del Castillo de cartón piedra. Si logran que te tengas asco, ya te han ganado. Si logran que necesites un «tutor» para gestionar tu propia entrepierna, ya eres suyo.

Hoy miro mi masculinidad despejada y transparente, y no veo pecado. Veo salud. Veo la libertad de una persona que no oculta lo bueno de su anatomía. He dejado de pedir perdón por tener órganos que sirven para gozar. He dejado de ser un ángel de escayola para ser un hombre de carne que agradece cada terminal nerviosa que Dios le dio, porque es en la naturalidad donde he encontrado, por fin, al Dios que ellos me ocultaban entre capas de culpa.

Al final, la verdadera pureza no era el recato asfixiante. La verdadera pureza es mirar la creación —incluida la que llevamos entre las piernas— y poder decir, como dijo Dios al séptimo día: «Y vio que era bueno».

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