Día 30. Colegio Mayor (III). El censor

No estamos hablando de los tiempos del NODO, ni de la posguerra, ni de una dictadura lejana. Hablamos de pleno siglo XXI, de la era de internet y la globalización. Sin embargo, en los Colegios Mayores de la Institución, la figura del censor sigue en pleno vigor. Es una persona –normalmente el cura– dedicada exclusivamente a mantener el «estándar de pureza» de cualquier brizna de información que pretenda cruzar el umbral del castillo.

Su función comenzaba con el primer café de la mañana. Antes de dejar la prensa diaria en la sala de estar a disposición de los residentes, el censor sometía a los periódicos a una autopsia. Tijeras en mano, recorría las páginas con mirada inquisitorial. Cualquier foto «inconveniente», cualquier anuncio de contactos o cualquier artículo de opinión demasiado «liberal» era eliminado con precisión quirúrgica.

Recuerdo una tertulia surrealista con el director de un importante periódico nacional. Con la audacia que da la juventud (y un poco de mala leche), se le sugirió irónicamente que cómo era posible que no eliminara de su diario esos anuncios por palabras de servicios sexuales. El director del periódico se quedó mudo. El censor era su herramienta de control, pero ante el mundo real, aquello quedaba como lo que era: una manía infantil y ridícula.

Pero las tijeras no se detenían en el papel de prensa. Llegaban hasta el corazón de la cultura: la biblioteca.

Antes de adquirir cualquier título, se consultaba la base de datos interna (el famoso y temido «Índice»). Si el libro era considerado «apto» pero contenía algún capítulo o pasaje «peligroso» para la formación de los residentes, el censor sacaba el cúter. He tenido libros en mis manos a los que les faltaban páginas enteras, arrancadas o recortadas con un filo helado. Leer un libro mutilado es la metáfora perfecta de lo que hacían con nuestras conciencias: nos daban trozos de verdad para que nunca pudiéramos completar el dibujo.

La televisión era el colmo de la paranoia. No era un electrodoméstico; era un peligro nacional. Estaba encerrada en un armario de madera con llave, como si fuera material radioactivo. Para encenderla, había que pedir permiso al director y, por supuesto, nunca podías verla a solas. Siempre con «acompañamiento» institucional y en horarios estrictos.

Pero el momento que mejor define esta ceguera moral ocurrió en un cinefórum. Proyectábamos La Lista de Schindler. Estábamos allí residentes, gente de fuera y chicas invitadas. En la durísima escena de las judías desnudas entrando en la ducha –un momento que representa el pánico, la deshumanización y el horror del Holocausto–, un numerario saltó de su silla como si le hubiera dado un calambre y corrió al reproductor para pasar la escena a cámara rápida.

Fue un despropósito monumental. Su obsesión por la «pureza» visual les impedía ver el dolor humano. Estaban tan aterrados de ver un pecho desnudo que fueron incapaces de ver la tragedia del exterminio. Para ellos, un pezón era más peligroso que una cámara de gas. Esa es la hipersexualización del miedo que nos inocularon: ver pecado en la piel incluso cuando esa piel está gritando auxilio.

El Colegio Mayor era esa isla diseñada para fabricar «criaturas celestiales», pero lo que fabricaban eran adultos discapacitados para la realidad. Te enseñaban a cerrar los ojos, a ignorar lo que no encajaba en su guion de cartón piedra. El problema es que, el día que te das de bruces con el mundo real, no tienes herramientas para gestionarlo.

Hoy he descubierto que la verdadera pureza no se consigue con tijeras ni con armarios con llave. La verdadera pureza es la capacidad de mirar el mundo entero, con todas sus luces y todas sus sombras, con la mirada limpia de quien ya no tiene nada que ocultar. He despedido al censor de mi vida. He tirado las tijeras. Ahora soy el dueño de mi propia mirada, y el mundo, visto sin recortes, es infinitamente más sagrado.