Día 58. La pobreza (II). ¿La Institución pobre?
Durante años nos vendieron la moto de la «pobreza colectiva». Nos decían, con esa carita de no haber roto un plato, que la Obra no poseía nada, que solo era dueña de sus sedes oficiales (las delegaciones, aunque ya creo que ni eso). El resto —casas de retiros, colegios, universidades, centros de formación— pertenecía a fundaciones, ONGs o inmobiliarias. Nos daban la excusa histórica de la «Desamortización», como si estuviéramos todavía en el siglo XIX escapando de Mendizábal, cuando en realidad estábamos construyendo un castillo de naipes fiscal para que el brazo de la ley nunca alcanzara al Corazón de la Bestia.
Hoy toca hablar de la Institución Pobre, esa que practica la «pobreza» mediante la arquitectura de trileros.
Miremos el caso de Torreciudad, ese gran parque temático espiritual del Opus en el Pirineo. Cuando el Obispo de Barbastro levantó la alfombra, lo que salió no fue polvo de santidad, sino un lío de sociedades que ni ellos mismos sabían explicar. Resulta que el propietario era una constructora que declaraba mover calderilla (un millón de euros al año) mientras lanzaban campañas millonarias de «modernización». Tras 50 años «santificando el trabajo», resulta que no tenían los estatutos en regla ni el título de propiedad claro. Eso no es despiste, es opacidad programada.
Pero el truco de magia no es solo fiscal, es sobre todo moral.
Todo el entramado de Sociedades, Patronatos y Fundaciones tiene un objetivo perverso: la irresponsabilidad organizada. Segmentan las iniciativas para chupar subvenciones y patrocinios de sitios distintos, multiplicando el pan y los peces del presupuesto público. Y para que el tinglado funcione, llenan los patronatos con «gente de Casa» (fieles servidores) y algún «despistado con cartera» al que invitan para que suelte la pasta y se sienta importante. Lo que no le dicen al «despistado» es que él es el escudo humano.
Cuando explota un escándalo de abusos en un colegio, el Opus activa el protocolo de invisibilidad: «¿Nosotros? No, ese colegio es una iniciativa de unos padres estupendos, nosotros solo ponemos el cura ». Se lavan las manos con el agua de la pila. La responsabilidad civil y penal recae sobre los miembros del patronato, sobre sus personas y sus bienes. El Opus, como ente, no figura en ningún papel manchado. Son «pobres» de nombre, pero maestros en que otros paguen sus platos rotos.
La soberbia colectiva llega a su cenit cuando ves al Moderador, Fernando Ocáriz, presentándose ante el Papa con Mariano Faccio como escudero. Faccio, el mismo que está bajo la lupa por la explotación de las 42 numerarias auxiliares en Argentina. Es un mensaje mafioso: «Aquí estamos, por encima de tu autoridad y de la justicia humana». Se ríen en la cara del Vaticano porque se saben protegidos por su laberinto de fundaciones y su red de influencias.
En Stella llamamos a esto por su nombre: no es pobreza, es cobardía jurídica. Es usar el nombre de Dios para montar una multinacional que nunca da la cara cuando las víctimas sangran.
Mi soberanía hoy consiste en señalar ese castillo de cartón piedra y decir: «Os veo». Ya no me engañáis con vuestra falsa escasez mientras movéis los hilos de un imperio invisible.
Stella
