Día 34. Los pecados inventados: El laboratorio de la culpa

¿Quién no ha oído dentro de la Institución aquello de: «eso incluso podría llegar a ser pecado»? Es la herramienta definitiva de control: generar unos escrúpulos tan brutales que la persona termina viviendo en un estado de pánico moral permanente.

Ya no se trata de si cumples las normas o no; se trata de que, si no las haces con la perfección exigida, estás ofendiendo a Dios. Así de claro y así de contundente te lo graban a fuego.

Parece ser que, después de las Tablas de la Ley que Dios entregó a Moisés, Escrivá recibió un anexo en blanco para rellenarlo con todo lo que su imaginación consideró que «podía ser motivo de pecado». Porque claro, como todo lo que emanaba del Fundador tenía que oler a santidad (y a colonia Atkinsons), sus normas pasaron de ser consejos a ser leyes divinas.

Preparar la charla fraterna o la confesión era un auténtico calvario. Tenías que hacer una auditoría interna para ver si habías cumplido el Plan de Vida según el estándar. Y luego, el suplicio de sacarlo todo: empezando por la fe y siguiendo por la pureza, esa obsesión enfermiza del Opus Dei.

Ahí es donde el numerario de turno desplegaba su guion: que si tienes que esforzarte más, que si no te organizas, que si eres un desastre y, por supuesto, el golpe de gracia: «No estás siendo generoso con el Señor». En resumen, te hacían sentir el peor miembro de la Obra. Y para cerrar el círculo del miedo, la frase lapidaria: «Esas faltas en el plan de vida incluso podrían ser pecado, conviene que te acuses de ellas en la confesión».

Así empezaba la invención de pecados:
-No viviste el minuto heroico.
-Abriste un poco al agua caliente al ducharte.
-Retrasaste el Ángelus diez minutos porque estabas trabajando.
-Pasaste la comida sin mortificarte en algo.
-Miraste algo en la calle un segundo de más.
-No hiciste la genuflexión pausada.
-…

A estos «pseudopecados» de diseño les sumabas tus fallos reales, multiplicados por diez por esa conciencia escrupulosa que te habían fabricado. Al menor signo de humanidad, sentías que habías caído en un pozo profundo y tenías que salir corriendo a buscar «auxilio espiritual».

Y para evitar «líos», siempre te recomendaban ir a un cura de casa «para que te comprendiera». Claro, lo que querían decir es que necesitaban a alguien con el mismo manual de escrúpulos para que no se les escapara el control. Por eso, cuando muchos fuimos a confesarnos con un cura «normal» por primera vez, nos quedamos en shock al oír: «Hijo, pero si eso no es pecado» (De eso ya dedique un post hace unos días).

Sanar de esto lleva tiempo. Hay que resetear la cabeza para entender que el único que lleva una agenda de faltas y redacta informes de conciencia es el Opus Dei. Dios no es un contable con un látigo. Dios es Amor, y estoy convencido de que se ríe de todas esas libretas de normas que nos hacían creer que eran el camino al cielo. La verdadera libertad empieza el día que dejas de pedir perdón por ser humano.

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