Día 54. El arte de fabricar un santo

En el Opus Dei, la santidad no se busca, se fabrica. Y para que el producto sea vendible, necesita una dosis épica de heroísmo que deje a los mortales —a nosotros— sintiéndonos siempre pequeños, egoístas y en deuda. La joya de la corona de este marketing es la historia de las «disciplinas de sangre» del Fundador.

Todos los que pasamos por allí escuchamos la leyenda con veneración: nos contaban que Escrivá se azotaba con tal violencia que la sangre salpicaba las paredes y el techo del baño. Y para rematar la lección de humildad, añadían que él mismo lo limpiaba todo con un paño para que nadie se enterara de su sacrificio.

Aquí es donde entra el análisis Stella.

Primero, la paradoja del secreto: Si nadie lo veía y él lo limpiaba en la más absoluta intimidad, ¿cómo es que nos lo contaban con tanto detalle técnico? Una «humildad» que necesita ser radiografiada y distribuida en biografías oficiales no es humildad; es propaganda.

Pero el dato que desmonta el Castillo de cartón piedra es el de la Administración.

En los centros, nada escapa al ojo de las numerarias auxiliares. Son ellas las que frotan cada cuello de camisa y cada sábana. Cualquiera que haya tenido una herida sabe que la sangre es escandalosa y deja un rastro casi imposible de borrar en el algodón blanco si no se trata al momento. Si la sangre llegaba al techo, la ropa interior y la camisa de ese hombre tendrían que ser un mapa de manchas delatoras. Sin embargo, las que estaban a pie de lavadero nunca vieron rastro de ese «heroísmo». Se sorprendían tanto como nosotros al oír la leyenda. La sangre en los azulejos nunca pasó por la lavandería ni por el pintor del techo.

Y aquí entramos en el terreno que a la Institución le aterra: esa delgada línea entre el dolor y el placer.

Cuando prohíbes la naturalidad, cuando llamas «sucio» a un joven por masturbarse o cuando obligas a una mujer a ignorar su clítoris, el cuerpo busca una salida de emergencia. La flagelación extrema, el uso de cuchillas de afeitar en las disciplinas y esa búsqueda del dolor agudo no son signos de cercanía a Dios. Son, a menudo, una perversión del instinto.

Si bloqueas el camino del gozo, el sistema nervioso puede acabar encontrando un alivio —o incluso un placer oscuro y distorsionado— en el castigo físico. Convertir el baño en un escenario de sangre y luego «disfrutar» del secreto de la limpieza es un patrón que cualquier psicólogo identificaría rápidamente. No era santidad; era el síntoma de una humanidad amordazada que solo podía gritar a través de la herida.

Fabricaron un santo de escayola y sangre para que nosotros aceptáramos el cilicio y la culpa como algo «normal». Nos hicieron creer que la santidad era odiar la carne, cuando la verdadera santidad es la que he descubierto yo ahora: la de estar en paz con mi cuerpo.

Prefiero mi «playa solitaria» y mi «tan campante» por el vestuario, que todos los azulejos ensangrentados de una hagiografía inventada. Porque mi libertad es real y su leyenda, sencillamente, no aguanta un lavado de cara. Ni de ropa.

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