Día 48. Como mandar a tu numerario a tomar por culo

A uno no se le ocurre de la mañana salir corriendo de la Institución; es un proceso que se va fraguando lentamente principalmente iniciado por tu numerario, o mejor dicho, por la presión asfixiante que ejerce en tu vida tu numerario.

La charla fraterna, a la que ahora llaman «acompañamiento» para no darse de bruces con la normativa de la Iglesia, es la principal herramienta de control del Opus sobre su gente. Gente que, por cierto, ni siquiera son miembros de pleno derecho, sino «cooperadores orgánicos», ya que a una organización clerical solo pueden pertenecer los curas. Además, esta charla se amplia a todos los que pasan por la labor, no solo los «in» y, por supuesto el complemento de la charla fraterna que es la confesión o la charlita con el cura sin entrar en la propia confesión, o sea sin tener que guardar silencio de lo que se hable. Esta charla es el radar con el que lo monitorizan todo, y lo que debería ser una conversación entre amigos se convierte en un instrumento de tortura: un abuso de poder, espiritual e incluso sexual.

Cuando tu numerario te presiona a que cumplas el plan de vida mejor o lo que sea, simplemente te está empujando por la cuesta arriba del plano inclinado del control, donde nunca es suficiente: siempre podrás rezar más, siempre podrás mortificarte más, siempre podrás ser más generoso… Y para lograrlo, utilizan la humillación. Te hacen creer que eres el peor miembro de la Obra: el que no reza, el que no se sacrifica… mientras te venden la moto de que los demás son perfectos.

Con la cabeza comida por el sistema, uno acepta la humillación. Prometes mejorar por miedo a meterte en la autopista del pecado que te llevaría directo al infierno y a traicionar tu «vocación divina desde el inicio de los tiempos».

Si caes en su juego, estás perdido. Tu salud mental y espiritual se deterioran y te vuelves cada vez más sumiso por la mala conciencia que te han fabricado.

Si no quieres morir en el intento solo queda una opción: plantar cara de dos maneras posibles :
-Ir a hablar con el director de tu centro y comentarle que tu numerario se extralimita, te está haciendo mal y que quieres que te asigne a otro.
-En la charla en la que tu numerario te está abusando, plantarle cara: Aquí tienes un abanico de cosas para hacer: desde decirle finamente que no estás de acuerdo, a levantarte e irte, o dar un portazo y dejarle con la palabra en la boda, hasta partirle la cara directamente. Él sabe perfectamente que te está machacando, así que no le pillará de sopetón.

Ten en cuenta que si has llegado a este extremo es que ya no te están dando algunas indicaciones: te están violando, así de claro. El fuero interno es el lugar donde nadie debe entrar ni a donde a nadie debes dejar entrar. Esos «consejos» de vida que te dan no son consejos simplemente, es empujarte a hacer algo desde tu interior con la táctica de la humillación, del miedo, del escrúpulo. Es dejar de ser tu mismo para convertirte en una marioneta guiada por otras manos y con otros intereses.

Hay cosas que se podrían arreglar con un cambio de intermediario, pero cuando el propio sistema es el que está corrupto no hay cambio de intermediario que lo arregle. Si has llegado hasta aquí… sal corriendo lo antes que puedas antes que el sistema pueda contigo (y lo identifiquen como patología, te manden a un psicólogo de casa, te traten como enfermo y te mediquen para anestesiar tu capacidad de rebelarte).

En mi caso, cuando a mi numerario Jose Antonio le dio por violar mi alma una vez más, me levanté y me fui; salí del centro y di tal portazo que desencajé la puerta. Y no penséis que salió corriendo a disculparse. No; salió corriendo para recriminarme que había roto la puerta de «su» casa. No le importó mi alma, le importó un marco de madera. Aquello fue el fin. Nunca más volvió a decirme más que un gruñido o un simple hola.

Por mi parte, fue un gustazo descubrir que, desde aquel día, esa puerta nunca más volvió a cerrar bien. Fue la penitencia perfecta para su violación: una herida abierta en el búnker que ya no se podía ocultar.

Mandar a tu numerario a tomar por culo no es un pecado; es el primer mandamiento de tu propia libertad.

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