Día 47. Colegio Mayor (V). La habitación

La habitación de un Colegio Mayor de la Obra es uno de los secretos mejor guardados. Se vende como un refugio celestial e intransitable para personas ajenas, pero para los que vivimos allí, era el escenario de una vigilancia invisible y constante.

Ya conté cómo era el aterrizaje: tu familia se queda en la puerta y tú entras a conocer tu «aposento» escoltado por un veterano. En estas casas hay dos niveles de existencia: las habitaciones individuales y las triples (o «individuales de tres», como decíamos con sorna). Los dos primeros años los pasabas en una triple, y si dabas el perfil, al tercero quizá te «ascendían» a una individual.

En las triples el diseño era una obra maestra del control: antehabitacion (espacio con mesa grande, estanterías y tres sillas para estudiar) y la zona de dormitorio (3 camas y sus respectivos armarios). Los baños son compartidos para la zona de triples con varias duchas y aseos, siempre perfectamente cerrados.

La antehabitación es el único lugar de la casa donde se permite estar en pijama y babuchas, para hacer cosas de la universidad antes de irte a dormir. Por supuesto no hay un corcho para poner fotos u horarios, ni se pueden poner cosas en las paredes que ya están ocupadas exclusivamente por el Crucifijo y el cuadro de la Virgen. Igualmente las estanterías tienen que estar perfectamente ordenadas y sin cosas sueltas, portarretratos o fotos, para facilitar el trabajo de la administración y que no puedan “localizarte visualmente” (como que no nos tenían perfectamente localizados por la ropa y hasta por los gustos de la comida), o eso es lo que nos decían.

En las triples siempre hay un veterano y dos nuevos. Puedes tener suerte y que el veterano sea majo y te ayude a integrarte en la rutina del colegio o que te toque un numerario y que la integración sea más dura.

Las habitaciones individuales tienen todo junto: mesa, silla, estantería, cama y armario, además de un pequeño cubículo para la ducha y el lavabo. El aseo se comparte.

Es curioso pararse a pensar en la geometría de estas casas. ¿Por qué habitaciones de uno o de tres, pero nunca de dos? La explicación que circulaba por los pasillos —y que escuché más de una vez de boca de quienes debían darnos formación— era tan cruda como clarificadora: «Es más difícil que coincidan tres maricones en una habitación que dos». Esa frase encierra toda la obsesión de la Institución. No solo es una muestra de una homofobia profundamente arraigada, sino que revela que para ellos la amistad entre dos hombres nunca podía ser limpia ni sana. Necesitaban un tercer habitante que hiciera de «muro de contención» o de vigilante involuntario. La arquitectura misma del Colegio Mayor estaba diseñada bajo la premisa de que, si nos dejaban a solas de dos en dos, acabaríamos pecando. Es la desconfianza absoluta elevada a plano de construcción.

Ninguna habitación tiene llaves o pestillo (excepto las de los directores y el cura, faltaría más). Si estabas dentro, la puerta se podía abrir en cualquier momento. Tu intimidad quedaba reducida al cubículo de la ducha o al aseo. El único lugar «casi» privado era el armario con llave, aunque yo mismo me lo encontré abierto misteriosamente tras unas vacaciones de Navidad. Si no respetaban tu armario, imagínate lo que respetaban tu conciencia.

Pensándolo hoy, la habitación era el reflejo exacto de la conciencia de un residente: la puerta no tiene llave para que ellos puedan entrar cuando quieran, y el armario es ese «fuero interno» donde se supone que nadie puede entrar. Pero esa es la teoría; en la práctica, la llave del armario (y de tu alma) la tenían en dirección para abrirla cuando quisieran sin pedirte permiso.

Y el tono humano, que es lo que hace que toda la maquinaria funcione: uno siempre tiene que estar presentable o lo que es lo mismo: pijama para dormir con camiseta y pantalón (nada de me quito la camiseta o duermo en calzoncillos), albornoz para ir a la ducha y para vestirse poco a poco, nada de quedarse desnudo delante de otros. Y puertas de duchas y aseo bien cerradas. Incluso las puertas de los armarios de las habitaciones servían como parabán a la hora de cambiarte.

Todo ese clima de «pureza angelical» y silencio impuesto solo se rompía cuando la biología reclamaba su sitio. En la oscuridad de la triple, la tensión se masticaba cuando algún compañero sentía la necesidad de darle una alegría al cuerpo. Lo único que podía hacer era ocultar sus manos bajo las sábanas, con la prisa y la culpa de quien comete un delito en una celda compartida.

Ahora han cambiado las cosas y todo es más light. La diferencia entre triple e individual es solo la tarifa y no los años de permanencia. El orden es algo relativo ya que la administración ahora son chicas contratadas y no numerarias auxiliares.

Al final, el negocio es el negocio. Lo que importa ahora es que el Colegio sea viable económicamente. El resto… pues se hace lo que se puede, con el cura de guardia apretando el botón de «reset» en el confesionario día tras día, intentando perdonar lo que ellos mismos provocan con su falta de naturalidad.

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