Día 70. Colegio Mayor (VII). La Administración

En cualquier centro de la Obra la logística doméstica la lleva la Administración: comida, limpieza y lavandería, Pero detrás de ese nombre aséptico se esconde la realidad más cruda de la Institución: un ejército de numerarias auxiliares destinadas a ser invisibles mientras sostienen, con un esfuerzo heroico, el nivel de confort de los demás. Ahora, ante la escasez de vocaciones, en muchos casos son empleadas domésticas contratadas supervisadas por una Administradora que vela por el espíritu de Casa en la realización de sus funciones.

En mis tiempos de Colegio Mayor la Administración era de “pura cepa” y además estaban las chicas del centro de estudio y trabajo (CET) que compaginaban las labores con el estudio de una carrera universitaria, e incluso también tenían a su cargo un club de niñas, por si aun les sobraba algo de tiempo. Pura esclavitud.

La primera indicación que te dan al llegar al Colegio es que la Administración está pero es invisible: ni puedes hablar con ellas, ni puedes dar las gracias y menos las puedes mirar. Solo hay unas cuantas excepciones: El director, que durante las comidas les puede hacer alguna indicación o pedir algo y también tiene en su despacho el interfono de comunicación para tratar las cosas domésticas y de paso también echarse unas risas (como presencié en ocasiones varias y con directores diferentes). El cura, que además puede entrar en la zona de la Administración para “atenderlas” espiritualmente. Y el señor de mantenimiento, que anda por todo el edificio sin ningún limite de acceso.

La Administración de un Colegio Mayor es como la «mama» de los residentes: pendientes de que estén como en su casa, cosiendo botones, zurciendo calcetines, dejando la ropa limpia y perfectamente planchada, preocupándose por atender el comedor y conocer lo que les gusta más.

Todo esto se complementaba con las múltiples normas de “aislamiento”: las puertas con doble llave, los horarios de limpieza donde los residentes no pueden estar en las zonas según van entrando a limpiar, la preparación de la bolsa de la ropa sucia para facilitarles la labor, el orden de la habitación para igualmente facilitarles la limpieza, el no poder tener fotos en las estanterías para que no que pudieran ponerte cara, dejar al el baño en condiciones y sin pelos… y llevar manga larga en el comedor en señal de respeto o, como se decía, para que no se excitaran al ver nuestros brazos desnudos (frase coloquial surrealista pero en perfecta consonancia con la mentalidad puritana opusina).

Pero como en todo sistema que parece perfecto pero dista mucho de serlo, también venían los “altercados”: cuando alguien no salía a tiempo de la zona donde iba a entrar la Administración y tenías un “encuentro en la tercera fase”; cuando estabas malo y te quedabas en la habitación y las oías hablar tan tranquilas “pero qué desordenados son estos chicos”; cuando en la facultad una compañera de clase te soltaba “esa camisa la he planchado yo”; o cuando te encontrabas con una conocida de tu pueblo sirviéndote.

En este sistema todo se desnaturalizaba, pero como en Parque Jurásico “la naturaleza siempre se abre paso” y al final tú las conocías y ellas más aun a ti. Ellas eran las que sabían que te gustaba la empanada de jamón y queso o que eras el que se comía los botones de los cuellos de las camisas. Y tú sabías a quien le tenías que poner cara de pena para que te sacara una bandeja adicional de comida.

Y de igual manera, el “contacto cero” con ellas derivaba en colocarte en la zona de mesas del comedor que servía Blancanieves para que te sacara para repetir sin tener que pedirlo al director, o no colocarte en la zona de la Sargento, que un día tiró la sopera encima de un residente. O ver cuando se les saltaba la risa de ver al residente más «sencillo» intentando cortar la tarta de hojaldre con la pala y tener que ofrecerle el cuchillo indicado para tal fin.

Cuando estás dentro del sistema hay cosas que no te planteas o, a lo mejor, hasta prefieres no plantearte: no te planteas que esas que te sirven trabajan no se cuantas horas al día de lunes a domingo; no te planteas que duermen en una tabla; no te planteas que sus instalaciones son de peor calidad que las tuyas; no te planteas que hasta no hace mucho no tenían una nómina por su trabajo o, si la tenían, la entregaban para vivir la pobreza; no te planteas que su ropa es reciclada de la que las numerarias desechan.; no te planteas que su único descanso es una excursión mensual; no te planteas que, por si tienen poco trabajo de atender a noventa residentes, tienen un club de niñas con las que lidiar en sus ratos libres. Eso te lo planteas cuando pasados los años cierras la puerta por fuera, conoces a alguna de las que estuvo allí y te cuenta que se lo pasaba bien pero que era muy cansado, como me dijo Elena.

Una de las peores impresiones que me llevé del “sistema” se lo comentaba un día a Carmen, otra ex-numeraria auxiliar del Colegio Mayor: Una noche, a la hora de la cena, estábamos los residentes esperando en la puerta del comedor aun cerrada; el tiempo pasaba y no abrían. Por fin se abrió la puerta, entramos y enseguida se acercó una de las chicas al director para decirle que habían tenido un problema con la cena, que se les había estropeado y para dar una solución de emergencia había preparado algo rápido con lo que tenían a mano y, si considerábamos que era poco, lo dijéramos para que con un poco de tiempo pudieran preparar algo más elaborado. El director nos lo comunicó y agregó: levantad la mano los que creáis que es poco lo que han sacado y que nos tienen que preparar más comida. Y los primeros que levantaron la mano fueron los numerarios.

Creo que es la anécdota más vergonzosa que he pasado con la Administración, la que más me dolió y la que cada vez que la recuerdo me entran ganas de llorar. Los hijos de puta de los numerarios exigiendo a sus pobres hermanas que empezaran a preparar de nuevo la cena a las tantas de la noche. Y el peor el director, que se brindó a hacer tal ofrecimiento en vez de decirle a la administradora «no os preocupeis, así está bien: gracias por salvar la cena». Directamente y sin consultar.

Esa es la «fraternidad» del Opus Dei: unos señores que se creen superiores exigiendo servidumbre a sus hermanas «pequeñas». Yo hubiera pedido un aplauso para esas mujeres que, a pesar de todo, hacían lo imposible por cuidarnos.

Stella también nace por ellas. Para denunciar que bajo el olor a cera y Atkinsons, había un olor a trabajo y a injusticia que nadie quería oler. Porque he descubierto que no hay nada más «sucio» que dejar que otros se esclavicen para que tú parezcas un ángel.

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