Día 13. Bragas y calzoncillos
Hoy toca hablar de la prenda que va directamente sobre la piel; esa que solo tú ves y que, según nos enseñaron, existe para «ocultar nuestras vergüenzas». Pero en la Institución, la ropa interior era mucho más que una cuestión de higiene: era una herramienta de control diseñada para sujetar, moldear, restringir y, sobre todo, pasar desapercibida.
El objetivo era la invisibilidad total. Capas y capas al «estilo cebolla» para no dejar ninguna marca de aquello que pudiera ser «motivo de pecado» para los demás. Todo debía cumplir con unos estándares de pureza angelical para no despertarte ni a ti ni a nadie ningún tipo de pensamiento.
Para ellas, el estándar era claro: blanco por defecto, algodón bien tupido y dimensiones que recogieran todo desde el culo hasta el ombligo. Nada de transparencias, encajes o cortes altos que dejaran ver un centímetro de piel extra o, Dios nos libre, algún vello rebelde. Lo que tuviera pinta de tanga era, directamente, impuro e impensable. Y los sujetadores, auténticos corsés: cerrados, apretados, sin relleno y con la misión sagrada de anular cualquier forma o movimiento natural.
Para ellos, el uniforme era el calzoncillo clásico de algodón, bien suelto, preferiblemente blanco y sin dibujos. Nada que marcara o que pudiera realzar mínimamente la anatomía masculina.
Si hacías deporte podías tener alguna licencia técnica, pero siempre debajo y nunca dejando a la vista nada que pareciera un «top» o unos «leggings».
No respetar esta uniformidad tenía consecuencias. O la ropa desaparecía «misteriosamente» al mandarla a lavar (esa censura silenciosa de la Administración), o te tocaba la humillación de ir de compras escoltado: ellas a «Alberola» con la directora y ellos a «El Corte Inglés» con el director. Por no hablar de esos armarios de ropa usada de donde tenías que sacar tus prendas para «no gastar en tonterías» que te hicieran sentir bien.
Por eso, salir a la calle y pasar frente a un escaparate de lencería era entrar en zona de guerra. Aprender a cortar la mirada con una jaculatoria para no ver esos expositores llenos de modelos y colores era el entrenamiento diario.
Pero un día das el portazo y te toca replantearte la vida desde el cajón de la cómoda.
Al principio, miras los escaparates de reojo. Solo unos segundos. Luego te atreves a entrar en la tienda y pasear tímidamente entre los estantes, con la cara roja y el corazón a mil. El primer paso suele ser renovar lo viejo por algo con un poco de color, pero buscando todavía los modelos encorsetados.
Para una mujer, verse frente al espejo con encajes o con un modelo más corto por primera vez puede ser un suplicio de culpabilidad. Pero poco a poco te relajas, pruebas cosas nuevas y llegas, incluso, al tanga. Descubres que no eres una pecadora, sino una mujer dueña de su cuerpo.
Para los chicos el proceso es similar. Pasas del algodón suelto e informe al bóxer ajustado o al slip más ajustado aún. Descubres los tejidos elásticos que se adaptan a tu anatomía y permiten libertad de movimiento sin ese «me he pillado un huevo al sentarme» tan típico de los calzoncillos. Buscas lo que te gusta, lo que te sienta bien, lo que te hace sentir hombre y no un niño castigado.
La verdadera batalla es esta: pasar de una ropa interior diseñada para que no se vea, no se note y no te haga sentir, a una que diga «este es mi cuerpo y no tengo por qué disimularlo».
Hoy, abrir el cajón y elegir cómo quiero estar por dentro es uno de mis mayores actos de libertad. Ya no me pongo una armadura; me pongo lo que me da la gana. Y me siento condenadamente bien.
Stella
