Día 51. El mapa del control: Cuando los muros cambian de nombre
Hoy he leído el testimonio de una víctima de los Kikos y he sentido un escalofrío: era como mirarme en un espejo. Cambia la guitarra por el órgano, el escrutinio por la charla y el catequista por el numerario, pero la herida es la misma.
Me he dado cuenta de que el sistema de control es una franquicia que funciona igual en muchos sitios. Usan a Dios para asomarse a tu cama, usan la generosidad para vaciarte el alma y usan la obediencia para borrarte el cerebro.
Leer esto me reafirma en la misión de Stella. No estamos solos. Hay náufragos de muchos barcos diferentes buscando el mismo puerto. La libertad no tiene denominación de origen: es el derecho humano a que nadie se meta en tu fuero interno, te llames como te llames y vengas de donde vengas.
No es una cuestión de gustos musicales o de formas de rezar. Es algo mucho más profundo. Cuando un movimiento –ya sean los Kikos, el Opus o cualquier grupo– se adueña de una parroquia, la «comunidad» desaparece para dejar paso al club exclusivo.
¿Y qué pasa con el resto? ¿Qué pasa con los que buscamos a Jesús sin uniformes?
Para un «ex» del Opus Dei como yo, encontrarme con este panorama es revivir el trauma. Es volver a ver la misma película:
-El elitismo espiritual: «Nosotros tenemos la verdadera forma de vivir la fe».
-La exclusión del diferente: «Si no eres de los nuestros, tu opinión no cuenta».
-El pánico a la verdad: un sistema que basa su fuerza en el control grupal y la obediencia ciega al catequista no puede permitir que alguien venga a hablar de soberanía personal y libertad de conciencia.
Es una ironía amarga: la Iglesia se llena la boca hablando de «sinodalidad» y de «caminar juntos», pero la realidad en los barrios es que muchas parroquias son hoy una federación de guetos donde el aire es irrespirable para quien busca libertad.
Hoy en día proliferan dentro de la Iglesia todo tipo de realidades: Kikos, Hakuna, Emaús, Effetá, Legionarios… Cambia el ritmo de la música, cambia el lenguaje y cambia la ropa de los protagonistas, pero el motor que los mueve es el mismo: un compendio infinito de Estatutos, normas y «espíritus» propios que terminan por sepultar lo único que de verdad importa.
En estos grupos, el AMOR (así, con mayúsculas) ha sido sustituido por la lealtad a la marca. Te venden que son el camino más corto al cielo, pero para transitarlo tienes que entregar tu maleta en la entrada:
-Tienes que hablar como ellos.
-Tienes que rezar como ellos.
-Tienes que pensar como ellos.
-Y, sobre todo, no puedes cuestionar a los que mandan.
Es una paradoja triste: en nombre del Dios que se hizo carne para liberarnos, estas organizaciones se dedican a desencarnar a las personas. Se olvidan de la norma fundamental, la que Jesús dejó clara: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Un amor sin condiciones, sin informes de conciencia, sin cuotas de proselitismo y sin «exámenes de idoneidad».
Cuando la estructura es más importante que la persona, el amor se vuelve burocracia. Por eso, cuando alguien sufre dentro de estos grupos, la respuesta nunca es un abrazo sincero; es un «reza más», un «ofrécelo» o un «no estás siendo fiel al espíritu».
Cuando rascas la superficie de este «buenrollismo», te encuentras con los mismos vicios de siempre. Sigue habiendo un líder carismático e incriticable, sigue habiendo una presión de grupo brutal y, sobre todo, sigue habiendo un compendio de Estatutos y normas que te dicen cómo tienes que sentir y cómo tienes que rezar. Es el mismo control de conciencia, pero con una banda sonora mucho mejor.
Te venden que vas allí a «disfrutar» y a tener «libertad», pero en cuanto entras en la rueda de la formación, la libertad se convierte en una serie de compromisos y la alegría en una obligación grupal. Es el «Círculo» de toda la vida, pero ahora se hace con cervezas y canciones pop.
Le pregunté a Josepe lo que miles de exmiembros se preguntan: ¿Es Hakuna una verdadera ruptura con el modelo de control del Opus o es simplemente una sucursal moderna diseñada para que la «marca» no muera?
El hecho de que no puedan (o no quieran) desmarcarse claramente demuestra que el cordón umbilical sigue ahí. Muchos de sus métodos de captación y de «acompañamiento» huelen demasiado a lo que vivimos hace años. Es la hipersexualización de la piedad: emociones a flor de piel, música sentimental y una dependencia afectiva del grupo que anula la soberanía individual.
Me produce tristeza ver cómo se desperdicia la energía de tanta gente buena en alimentar estructuras cerradas. Pero también me reafirma en mi decisión. Si para «colaborar» en la Iglesia tengo que pedir permiso a una comunidad que funciona como un ejército, prefiero quedarme fuera, en la orilla del mar, con mi taza de Stella. Dios no está colapsado por las comunidades. Él está en el silencio que queda cuando se apagan sus guitarras y se marchan a casa. Y en ese silencio, por fin, puedo hablar con Él sin que nadie me interrumpa con un guion.
Stella
