Día 14. Colegio Mayor (I). Aterrizando en lo desconocido

Y empezó mi relación con la Institución, como la de tantas personas que llegan sin saber nada, solo con el buen propósito de encontrar un sitio decente para vivir mientras estudias la carrera. Había quien venía «aleccionado» por familiares o colegios de la Obra, pero no era mi caso. Yo era un lienzo en blanco.

Entrar en un sitio así impone. Tus amigos ya han bromeado contigo diciendo que «te van a captar», pero tú entras con la maleta y la inocencia a cuestas. Lo primero es dejar a la familia en la puerta. Literalmente. No pueden pasar de las zonas comunes; la zona de residencia es territorio sagrado y restringido.

La decoración parece sacada de un «Parador de Turismo» rancio: muebles rústicos de madera, arcones, paredes de gotelé blanco y cuadros… muchísimos cuadros. Hay patos de madera repartidos por cada mesita, imágenes de la Virgen en cada esquina y retratos en blanco y negro de unas personas que, en aquel momento, no sabía quiénes eran pero que te observaban desde todas las estanterías.

Enseguida me asignaron a un «veterano» para llevarme a mi habitación (triple, por supuesto) y darme las primeras instrucciones de funcionamiento. Fue un bombardeo de normas que me dejaron con cara de póker:

1. La Administración: «Son las mujeres que sirven el comedor y limpian. Ni se te ocurra mirarlas, ni decirles nada, ni darles las gracias». Yo, que venía de una casa donde lo primero es la educación, no entendía nada. ¿No dar las gracias? ¿Tratarlas como si fueran invisibles? Mi cara debía de ser un poema.

2. El «Tono Humano»: «Aquí se está siempre vestido como para salir a la calle». Nada de pijamas, ni batines, ni chándal, ni chanclas por los pasillos. Y lo más importante: para ir de la habitación a la ducha se usa siempre albornoz, nunca toalla. Hay que cuidar el «tono humano».

3. El control del espacio: «Se estudia en la sala de estudio, no en la habitación». La habitación es solo para dormir.

4. El control del tiempo: A las 9 de la mañana tienes que haber abandonado la zona de residencia para que entren a limpiar. Olvídate de quedarte dormido hasta las 12 o andar en pijama a media mañana. El orden es la primera ley.

5. La libertad «dirigida»: «Hay actividades de vida colegial a las que hay que asistir voluntariamente». Es decir: hay que ir sí o sí.

Así empecé mi vida universitaria: rodeado de patos de madera y miradas en blanco y negro. Pero pronto descubrí que aquellas fotos de las estanterías no eran las únicas que me vigilaban. Los numerarios, con su eterna sonrisa de anuncio y su trato encantador, eran en realidad radares de 360 grados. Eran «amigos», sí, pero amigos con una libreta mental, o no tan mental, donde apuntaban cada uno de tus movimientos para luego despacharlos en reuniones de las que tú no sabías nada.

Así era cuando llegué yo hace ya muchos años. Supongo que ahora las cosas habrán cambiado y todo será mucho más relajado; o se modernizan o no entra nadie, y al final esto es un negocio. La actualidad ya no la conozco de primera mano, porque desde el día que me salí, mi nombre debió de borrarse de sus archivos. Nunca más volvieron a invitarme a una reunión de antiguos alumnos. Se ve que para ellos, si dejas de ser «de los suyos», dejas de existir para siempre.

No hace falta ni comentar. Y más adelante más cosas del Colegio Mayor.

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