Día 66. El Tribunal Eclesiástico: La aduana del oscurantismo

Hay situaciones desilusionantes, hay situaciones tristes y hay realidades que te abren los ojos de golpe al oscurantismo de la Iglesia.

Cuando en la vida ordinaria algo no funciona, cuando sufres una injusticia o un delito, acudes a la policía o al juez. Pero, ¿qué pasa cuando el problema está dentro del ámbito eclesiástico? Pues que te toca acudir al Tribunal Eclesiástico, el órgano que —en teoría— debería velar por la justicia divina en la tierra.

Uno puede ir a la policía y denunciar que una persona o institución está abusando espiritualmente de él… aunque me figuro la cara del funcionario que te está tomando declaración. Así que mejor no te lo plantees esta solución. De estas cosas se encargan los órganos judiciales de la propia Iglesia. O eso nos dicen.

En mi caso, acudí al Vicario Judicial del Tribunal Eclesiástico de Valencia para exponer mis dudas sobre un procedimiento de nulidad matrimonial llevado a cabo por el citado Tribunal. Me costó tres meses, decenas de visitas y llamadas diarias conseguir que el «señor juez» se dignara a recibirme.

No sé qué fue peor: si la cara de la recepcionista cuando pedí la cita, o la del secretario del juzgado (de «casa», por cierto). Este último estaba obsesionado con conocer cada detalle de lo que yo quería hablar, pidiéndome documentación y explicaciones, mientras ambos cuchicheaban como si un extraterrestre se hubiera presentado allí para pedir audiencia. En ese edificio, parece que querer hablar con el Vicario Judicial es un acto de rebeldía incomprensible.

Finalmente, el día de la cita, tras la espera de rigor, entré en el despacho. El «mandamás» del Tribunal estaba listo para liquidarme por la vía rápida:
—Buenos días. Ya me han dicho de qué quería hablar. Mire, usted ya tiene la nulidad que quería, así que todo solucionado. Tengo prisa, buenos días.
—Un momento —respondí—. He venido a quejarme del procedimiento, del abogado y del sistema. No se está haciendo bien.

Y ahí estalló el teatro:
—¡El abogado es un excelente profesional que trabaja con nosotros hace años y el proceso es el que dicta la Iglesia! —gritó el juez.
—El abogado es un sinvergüenza y el sistema está mal parido o se está aplicando mal, porque se presta a chanchullos increíbles —le solté yo.
—¡El sistema lo ha hecho la Santa Madre Iglesia y la Iglesia nunca se equivoca! ¡Fuera de mi despacho! ¡Tengo prisa!

Uno sale de ahí directamente con la sensación de haber descubierto el significado de la expresión: “El oscurantismo de la Iglesia”

Esto pasaba hace quince años, y ahora creo que debe ser algo parecido:
-que levanten la mano los obispos que han actuado sobre casos de abusos de cualquier tipo en sus diócesis. 1%
-que levanten la mano los obispos que reconocen que hay instituciones en las que está generalizado el abuso. 0%
-que levanten la mano los obispos que prefieren pasar por alto cosas que les pueden “perjudicar”. 100%

¿Y aún nos extrañamos de que la Iglesia esté como está? Mi aplauso para todos los que, desde sus despachos con moqueta y crucifijos, lo hacen posible.

Pero queda una pregunta en el aire: si el Tribunal que debe juzgar es el que te echa a gritos para proteger a los suyos… ¿a dónde vas cuando el problema es la propia Iglesia?

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