Día 40. La fraternidad nunca fue comunidad (ni fraternidad)

De las cosas que más eché en falta durante mis 25 años en la Institución fue el concepto de Comunidad. Si miramos a los primeros cristianos, su rasgo distintivo era aquel «mirad cómo se aman». Era el mensaje primigenio de Jesús: el AMOR como vínculo.

Pero en el Opus Dei nunca hubo comunidad. Aunque los numerarios vivan juntos en Centros (o en esos colivings que se han inventado ahora para sonar modernos), nunca llegan a ser comunidades de vida y amor. ¿La razón? Escrivá huía de cualquier cosa que oliera a convento o a vida monjil. Su obsesión por no parecer «religioso» terminó por deshumanizar la convivencia.

Todavía me río al recordar las discusiones que me costó el dichoso temita de los «laicos».
— «No digas que el Colegio Mayor es religioso, porque no lo somos», me decían.
— «A ver —respondía yo—, tenemos oratorio, tenemos curas, rezamos el rosario, vamos a misa diaria… si practicamos la religión, somos religiosos, ¿no? ¿Qué coño somos entonces?»
— «Somos laicos».

Explicarle eso a alguien de fuera era un papelón. Al final, lo que somos es una multinacional con sus regiones, comisiones, delegaciones y centros. El último eslabón de la cadena es el grupo o el círculo: básicamente, el equipo de trabajo de cada sucursal.

En este engranaje no hay espacio para la comunidad cristiana, solo para gente que se reúne para cumplir objetivos. Hablan de «fraternidad», pero no saben qué es, porque admitirla les obligaría a aceptar que somos seres humanos con necesidad de afecto espontáneo.

Una vez intentamos fomentar esa fraternidad real (camuflando el concepto de comunidad, claro). Organizamos una convivencia en el chalet de uno de los miembros: con mujeres, hijos, barbacoa, deporte… un día normal de gente que se quiere conocer. Pero el «espíritu» se impuso: tuvimos que montar una mesa en mitad del jardín para poner la tele y el vídeo del centro y tragarnos una tertulia del Fundador.

Fue una escena surrealista: el olor a carne a la brasa mezclado con el vídeo de un señor fallecido hace décadas dando lecciones de espíritu. Una convivencia sin vídeo de «Nuestro Padre» no era convivencia para ellos. Por supuesto, fue la primera y la última. En la Delegación debieron tener pesadillas durante meses por haber permitido una actividad mixta.

En el fondo, el Opus es eso: gente que se mueve dentro de la misma órbita pero entre los que no hay —ni se permite que haya— ningún vínculo real. Las «amistades particulares» están prohibidas porque el sistema prefiere que seamos perfectos desconocidos que trabajan para la empresa.

Así que las comunidades se las dejamos a los Kikos, a las parroquias, a las monjas, y al resto de movimientos de la Iglesia. Pero no al opus.

Tras 25 años, me di cuenta de que es muy difícil amar a una estructura; el amor, el de verdad, solo se da entre personas libres.

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