Día 4. La lucha contra la ducha

Y es que todos los días era lo mismo, ya fuera verano o invierno, con frio o con calor, lo que no faltaba en la normativa de mantener a raya al cuerpo era la ducha de agua fría. Bueno digo que no faltaba pero a lo mejor sí faltaba, o eso es lo que descubrí casi traumáticamente cuando un día me encontré al sacerdote del centro por el que iba, apareciendo en albornoz viniendo de ducharse de una ducha de otro piso que no era el de su habitación. Tan raro me debió parecer que en “mi cara transparente” lo leyó rápidamente y me lo aclaró: “vengo de ducharme en otro piso por que en mi habitación sale mal el agua caliente”. Así; por las buenas; sin anestesia; tan directa le salió la verdad.

Y es que ésta es una de las muchas cosas que se dan tan tranquilamente y tan a gusto que nos quedamos… ¡¡¡Stop, stop!!! A lo mejor alguno se queda a gusto, pero yo no. ¿A qué estamos jugando? En la normativa dice… lo que nos cuesta cuando hace frio… Pero en realidad el cumplimiento siempre queda para la intimidad del momento de cada uno.

Porque lo del agua fría no es solo por mortificarse; es mucho más: la ducha fría es todo un ritual de limpieza exprés y, sobre todo, una estrategia de alejamiento. El objetivo es que el contacto con el propio cuerpo sea el mínimo posible. Agua fría para no pararte a limpiar a fondo, para pasar de puntillas por las zonas sensibles y evitar que el cuerpo despierte. Un cuerpo que no se siente, un cuerpo que se toca rápido y con miedo, es un cuerpo que se mantiene «puro». El frío es la anestesia perfecta para no recordar que debajo de la esponja hay un ser vivo con deseos.

Hílillo de agua para humedecer la esponja, chorro de gel, frotado rápido, aclarado más exprés aún para no morir congelado y rápidamente toalla para secar y la ropa para entrar en calor. Y todo ello acompañado de jaculatorias para centrarte y no distraerte. Ya está; aseo terminado, pureza a salvo y otra dosis de estrés para empezar el día.

Y después de esto…. Qué gusto poder estar tranquilamente en la ducha o la bañera, bajo el agua caliente, disfrutando de los aromas florales del gel, el champú y todo tipo de productos de higiene y bienestar. El agua caliente corriendo desde tu cabeza a tus pies; el baño lleno de vapor y el espejo empañado. Todo un ritual de recomposición corporal que terminas incluso con otro baño relajante de crema hidratante. Y ya el culmen es coger la toalla, limpiar el vaho del espejo y poder ver tu cuerpo reflejado tal cual es: soy yo.

Y ahora muchas veces termino con agua fría. Sí, con agua fría después de haber llenado el baño de vapor, o incluso a veces todo con agua fría, Y no lo hago para mortificarme o vivir la santa pureza; lo hago por que quiero y porque me reactiva, me tonifica… y hasta me da gustito después del calor.

Pero una cosa te digo: tanta lucha contra la naturaleza, tanta agua fría para mantener a raya el cuerpo y silenciar las ganas… y al final, la biología siempre responde por su cuenta. Queríamos dormir la carne y el frío la despertaba de golpe. Ironías del destino: mucha norma, pero los pezones como escarpias.

Publicaciones Similares