Día 42. A 5.000km (II). Se eliminaron los besos y abrazos

Ya hablamos hace unos días de esos 5.000 kilómetros de distancia que separan a los hombres de las mujeres en la Institución. Pero lo más triste es que esa distancia también se aplica a los que están a tu lado. En la Obra, el afecto físico es un territorio prohibido.

Según cuentan los que llevan décadas dentro, no siempre fue así. Hubo un tiempo en que la gente llegaba a las tertulias o a los Círculos y se saludaba con calor, se daban la mano, se abrazaban e incluso se repartían besos. Sí, besos entre hombres: puros y castos, pero humanos. En las tertulias circulaba el alcohol de forma normal, como en cualquier casa donde se celebra la vida.

Pero, como todo en el Castillo de cartón piedra, las cosas mutaron a peor. Se impuso la frialdad higiénica.

Hoy, el escenario es otro: ni chupitos, ni besos, ni abrazos. Solo saludos gélidos, sin alma, con los brazos cruzados o las manos hundidas en los bolsillos, como si tocar al hermano fuera a contaminarte. Nos educaron en la sospecha constante. Miradas inquisitorias que, bajo una sonrisa de compromiso, te escanean de arriba abajo. Es una especie de juicio continuo. Te dicen algo por cortesía, pero notas que les da igual lo que respondas. Es la despersonalización total. Es esa amabilidad profesional de un gestor del banco: te sonríe porque es su trabajo, pero nunca será tu amigo.

En el caso de las mujeres, el juicio visual es todavía más cruel. Detrás de la «sonrisa institucional», la mirada funciona como un escáner de «decencia» y envidia: «Qué arrugas le han salido», «mira qué pelo lleva», «ha engordado». O lo que es peor, la fiscalización de la ropa: «Mira qué blusa tan entallada», «se le marca el tanga de encaje… seguro que se lo ha comprado el salido de su marido, y le obligará a depilarse entera».

Toda esa película erótico-delictiva pasa por sus cabezas mientras te dicen: «¡Qué alegría verte, hija!». Es una hipocresía que te deja el alma helada.

Incluso en la Misa se cargaron el gesto de la Paz. En los centros se pasa directamente al «Cordero de Dios…», saltándose el momento de mirar al hermano a los ojos y estrecharle la mano. Se eliminó la paz porque la paz requiere contacto, y el contacto les da pánico.

He descubierto que la verdadera comunidad cristiana se toca, se abraza y se quiere con el cuerpo y con el alma. Si buscas afecto real, cualquier parroquia de barrio te dará lo que el Opus te niega: el derecho a sentir que no eres una isla.

Ya no son 5.000 km los que separan a él de ella. Esa distancia ha desaparecido para pasar a algo normal: el espacio entre dos personas que aún no se conocen físicamente, pero que están conectadas. Un espacio que deseamos que desaparezca para que nuestros cuerpos se puedan rozar de una vez por todas, podamos mirarnos a los ojos y decirnos, por fin, un «hola» de verdad.

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