Día 41. Familia Opusina (II): Minicentros y fábricas de numerarios
Siempre nos dijeron que el Opus Dei es una «gran familia». Pero la realidad es que, para la Institución, la familia es un medio para un fin muy concreto: asegurar la supervivencia de la especie. En un mundo donde cada vez es más difícil que alguien «de fuera» se trague el anzuelo, las familias de los supernumerarios se han convertido en la principal fábrica de numerarios.
¿De dónde van a salir si no? ¿De una higuera? Hoy en día, casi nadie «pita» sin haber mamado el ambiente opusino desde la cuna.
Para que la fábrica funcione, el hogar tiene que transformarse en un minicentro. No es solo que se rece el rosario o se vaya a misa; es que la casa entera se rige por el calendario y las consignas de la Obra. Hay cuadros de la Virgen en cada cuarto, hay rezos en familia, hay lectura espiritual y hay una vigilancia constante sobre lo que entra y sale de la casa.
Se cría a los hijos en una especie de burbuja Amish espiritual. Se les aísla del mundo real mediante miedos y escrúpulos, enseñándoles que lo de fuera es peligroso, sucio o mundano. Se les mete en la cabeza que son «especiales», que tienen una misión desde la eternidad.
Pero el objetivo real no es su santidad, es su docilidad.
La labor se hace con niños, en los colegios y en los clubs, filtrando gota a gota el «espíritu de casa» hasta que el niño deja de tener pensamiento propio. Se les prepara para que, en cuanto asomen a la adolescencia, den el paso de «pitar» casi por inercia, por presión ambiental o por el deseo de no defraudar a unos padres que han puesto todas sus expectativas de éxito espiritual en esa vocación.
Lo más triste de estos minicentros es que bloquean la existencia humana de los hijos. Se les obliga a aspirar a una santidad angelical que ignora la biología. Y claro, cuando el cuerpo da el «contragolpe» —porque el cuerpo siempre reclama lo suyo—, el joven se siente un traidor. Se siente sucio antes de empezar a vivir.
Hoy, ese modelo de fábrica está en crisis, pero ellos se resisten a cerrar. Siguen intentando que las casas de los supernumerarios sean laboratorios de perfección, donde los hijos son piezas de un engranaje y los padres son los capataces encargados de que nadie se salga del plano inclinado.
Reclamar la familia es, ante todo, dejar de ser una fábrica.
Sanar significa entender que un hijo no es un activo de una institución, ni una medalla para los padres. Un hijo es una persona libre que tiene derecho a descubrir el mundo sin filtros de censura, a sentir su cuerpo sin asco y a buscar a Dios (o no) sin que nadie le dicte el guion.
Mi casa ya no es un minicentro. Ya no hay informes, ni metas de producción de almas, ni vigilancia de alcoba. Solo hay personas aprendiendo a ser humanas. Y os aseguro que eso es mucho más luminoso y alegre que cualquier catálogo de la Obra.
Stella
