Día 31. La corrección fraterna. El espía insaciable

¿Cuántas veces oímos aquello de: «Lo primero que ha preguntado el Padre al llegar ha sido si se hacía mucha corrección fraterna»? Por lo visto, si el nivel de denuncias es alto, es que las cosas van bien. ¿Seguro?

Me cuesta encontrar palabras para definir lo que es realmente la corrección fraterna. Es algo tan perverso que se escapa a la lógica humana. Es la sensación de vivir en un «estado policial continuo», donde tus propios «hermanos» son, en realidad, espías encargados de vigilar cada uno de tus movimientos.

No hay nada más estresante que cruzarte con alguien en el pasillo y que te suelte la frase fatídica: —«¿Tienes un momento? Te quería comentar una cosa». En ese instante, el estómago se te cierra. Sabes lo que viene: el consabido «he visto que tú…» seguido de cualquier nimiedad que el vigilante de turno haya decidido que no es «del espíritu de la casa».

Te dicen que es por tu bien, que es «caridad evangélica», que es para que la maquinaria esté bien engrasada. Mentira. La corrección fraterna es, sencillamente, el brazo ejecutor del control total.

Por si no fuera suficiente con la charla fraterna, los informes de los directores, los celadores y el trasvase de información en los Consejos Locales, existe esta red de micro-espionaje para asegurar que nadie se salte la normativa. Y no se usa para denunciar corrupciones o abusos graves. Se usa para fiscalizar tonterías:
-Que si no has hecho la genuflexión suficientemente pausada.
-Que si has cerrado la puerta demasiado fuerte.
-Que si llevas manga corta o no usas medias.
-Que si te has reído de forma «escandalosa».
-Que si has ido a misa sin chaqueta.
-Que si se te marcan los tirantes del sujetador.
-O el colmo: que si has salido de la ducha con solo una toalla.

Cosas dignas de excomunión directa, vamos. Un nivel de infantilización y control sobre el cuerpo que roza lo enfermizo.

Lo más cínico es ver cómo funciona el embudo: la ley es solo para los de abajo. ¿Alguien ha intentado hacerle una corrección fraterna a un numerario por meterse en su intimidad o violar su fuero interno? Yo… cuando intentó fiscalizar mis sentimientos más profundos, lo mandé directamente «a tomar por culo». Sin consultar al director y sin esperar el cínico «gracias por decírmelo» que dicta el protocolo.

Y caso a parte merecen hablar de las irregularidades que cometen los directores y los curas. A estos últimos no se les hacen, y a los directores se las puedes hacer, pero les va a dar igual, siempre van a estar por encima y una corrección fraterna se la suda.

Hoy sé que la verdadera fraternidad no necesita correcciones reglamentadas. La verdadera amistad es la que te permite ser tú mismo, con tus portazos y tus risas, sin miedo a que alguien corra a un despacho a contar cómo doblas las esquinas de tu vida

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