Día 19. En el coro parroquial
Durante años, escuché una frase grabada a fuego: «Un miembro del Opus Dei no pinta nada colaborando en su parroquia; nosotros tenemos nuestro apostolado particular y a eso es a lo que nos dedicamos». Y tan ancho se quedaba el que lo decía. Por eso, muchos miembros van a la parroquia como quien va al cine: llegan, ven la «peli» y se van (con los diez minutos de acción de gracias reglamentarios, aunque hoy ya muchos ni eso).
Llegó el Papa Francisco y les recordó que están sujetos al Obispo de su diócesis y, por tanto, a sus parroquias. Rápidamente, la Institución se apresuró a decir que «eso lo han hecho siempre». Pero a mí no me engañan; yo sé lo que me dijeron y no hace tantos años de eso. ¿A qué jugamos?
Tras este preámbulo, voy al grano.
Una vez fuera de la Institución, con la vida y el alma un poco más sosegadas, quise buscar mi lugar dentro de la Iglesia. Se presentó la ocasión de ayudar en el coro parroquial. El párroco estaba desesperado: decía que «no lograban la perseverancia» de la gente. Así que allí me presenté, dispuesto a revitalizar ese coro medio muerto. Puse mis cartas sobre la mesa desde el primer día: quería formar comunidad, aportar ideas y sumar.
Duré exactamente un mes.
¿La explicación? Muy sencilla: cuando has pasado por el Opus, cualquier cosa que se le parezca te hace huir espantado. Las frases que escuché en aquel coro fueron como un déjà vu de terror: «Aquí no queremos formar comunidad», «no tienes que aportar nada y mucho menos intentar cambiar algo», «tú solo vienes aquí a tocar para el Señor». Y para rematar: «Ya ha venido más gente con tus intenciones y todos se han marchado».
Además de ser una respuesta surrealista y poco cristiana, lo más interesante es nuestra reacción como «ex». Tenemos un detector de autoritarismo infalible. En cuanto olemos a control, a anulación del juicio personal o a esa falsa humildad que consiste en callar y obedecer, salimos corriendo.
No somos el perro de Pávlov, que al oír la campanita sabía que era hora de comer. Nosotros, cuando oímos la «campanita» de la manipulación o la rigidez, corremos en dirección contraria.
Salir corriendo de ese coro no fue un fracaso; fue una victoria. Fue la prueba de que mi libertad funciona, de que mi instinto de protección está sano y de que ya no estoy dispuesto a «tocar para el Señor» (o para quien sea) si eso implica dejar de ser yo mismo.
A veces, perseverar en el error se llama fanatismo. Y yo, por fin, he aprendido a irme a tiempo.
Stella
