Día 37. La Piscina (IV). El día que solté la toalla
Llevo cinco años yendo a la piscina municipal y un año entero enfrentándome a las duchas abiertas. Parece mucho tiempo para un gesto tan simple, pero es que mi mochila de náufrago pesaba demasiado. Hasta hoy, mi ritual era siempre el mismo: terminar de ducharme, secarme con prisas para no mojar el exterior y anudarme la toalla a la cintura con la firmeza de quien se pone una armadura medieval.
Aquella toalla era mi último reducto de «decencia» impuesta. Tenía que estar bien apretada, no fuera a ser que alguien viera algo. No fuera a ser que mi propia piel molestara o, peor aún, que me hiciera sentir vulnerable ante la mirada de los otros «mortales».
Pero hoy, algo ha hecho clic. Ha sido un día cualquiera, bajo el ruido sordo de los grifos y el olor a cloro. He terminado de ducharme, he cerrado el grifo y, sencillamente, no he buscado el nudo de la toalla. Por primera vez en décadas, he dejado que mi cuerpo respirara. He cogido el gel en una mano y la toalla en la otra, y he caminado desde la zona de duchas hasta mi banco en el vestuario «tan campante».
Ahí iba yo: con todo al aire y con una paz que no recordaba haber sentido nunca. He cruzado esos metros de suelo mojado sintiendo el aire en la piel, sin malabarismos ridículos para taparme, sin el radar de la hipervigilancia encendido. He caminado como lo que soy: un hombre que ya no le debe nada a nadie.
Me he sentado en el banco, me he dado mi crema hidratante con parsimonia y me he vestido a mi propio ritmo. Y, ¿sabéis qué? El mundo no se ha acabado. El techo de la piscina no se ha desplomado. Nadie ha gritado, nadie se ha escandalizado y, lo más importante, yo no me he sentido «sucio». Al revés: me he sentido, por fin, dueño de mi propio mapa.
Hoy mi cuerpo no era un secreto vergonzoso que esconder; era simplemente yo, habitando un espacio público con la dignidad que Dios me dio al nacer. Cinco años después de empezar este camino, he ganado una gran batalla. He soltado la toalla y, al hacerlo, he soltado el último lastre de la vergüenza institucionalizada.
Sé que muchos verán esta victoria como algo mundano, insignificante o incluso como algo «soez». Habrá quien, desde el búnker del castillo de cartón piedra, piense que hablar de esto es un acto de exhibicionismo o una provocación herética. Pero ellos no entienden el proceso de un náufrago.
No saben que cada centímetro de piel que le gano a la vergüenza es un centímetro que le gano a la obsesión.
La mejor forma de acabar con la hipersexualización que nos inocularon es, sencillamente, la naturalidad. Cuando te atreves a verte y a dejarte ver tal como eres, el misterio «sucio» desaparece y la paz se instala. Al despojarme de la tela, he despojado al Opus Dei del mando a distancia de mi cuerpo.
Mi caminata sin escudo por el vestuario no es exhibicionismo; es mi forma de decirle al pasado que ya no tengo miedo. Mi cuerpo ha dejado de ser una zona de guerra bajo asedio para ser, sencillamente, mi casa. En mi casa hoy las ventanas están abiertas de par en par.
Stella
