Día 37. El día que solté la toalla

Llevo cinco años yendo a la piscina y uno entero enfrentándome a las duchas públicas. Hasta hoy, mi ritual era siempre el mismo: terminar de ducharme, secarme un poco el exceso de agua y anudarme la toalla a la cintura con la firmeza de quien se pone una armadura. No fuera a ser que alguien viera algo. No fuera a ser que mi «desnudez» molestara o, peor aún, me hiciera sentir vulnerable.

Pero hoy, algo ha hecho clic. He terminado de ducharme, he cerrado el grifo y, sencillamente, no me he puesto la toalla. He cogido el gel, el bañador y la toalla en la mano, y he caminado desde la zona de duchas hasta mi banco en el vestuario «tan campante».

Ahí iba yo: con todo al aire, con mi «matojo» a la vista y con una paz que no recordaba haber sentido nunca en un sitio así. He cruzado esos metros de suelo mojado sintiendo el aire en la piel, sin malabarismos, sin prisas por taparme, sin el radar de vigilancia encendido.

Me he sentado en el banco, me he secado con calma y me he vestido a mi ritmo. Y, ¿sabéis qué? El mundo no se ha acabado. Nadie ha gritado, nadie se ha escandalizado y, lo más importante, yo no me he sentido «sucio». Me he sentido, por fin, dueño de mi mapa.

Hoy mi cuerpo no era un secreto que esconder; era simplemente yo, caminando por un vestuario. Cinco años después, he ganado la batalla. He soltado la toalla y, al hacerlo, he soltado el último lastre de la vergüenza impuesta.

Muchos verán mi victoria de soltar la toalla como algo mundano, o incluso como algo pornográfico. Habrá quien piense que hablar de esto en una web es un acto de exhibicionismo o una provocación herética.

Pero ellos no entienden el proceso. No saben que cada centímetro de piel que le gano a la vergüenza es un centímetro que le gano a la obsesión.

He descubierto que la mejor forma de acabar con la hipersexualización que nos inocularon es, sencillamente, la naturalidad. Al verme y sentirme tal como soy, el misterio desaparece y la paz se instala.

Mi «matojo» y mi caminata sin toalla por el vestuario no son pecados; son mi forma de decirle al mundo que por fin soy libre. Que mi cuerpo ha dejado de ser una zona de guerra para ser, sencillamente, mi casa.

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