Día 64. Debajo del matojo

Después de hablar de la desnudez y siguiendo nuestro estilo de llamar a las cosas por su nombre —sin censuras y sin ponernos rojos—, no podía faltar este post. Hoy vamos a hablar del «matojo»; así, directamente. Vamos a hablar de esa mata de vello que cubre nuestro pubis.

A veces decimos que el vello está ahí para «cubrir nuestras vergüenzas», pero esa es una expresión que tenemos que empezar a borrar de nuestro diccionario. En nuestro cuerpo no hay vergüenzas. Así que voy a empezar otra vez:

Cuando hablaba de mirarnos al espejo sin ropa, mencionaba al matojo como lo único que a veces conservamos para taparnos. Sin querer, lo usamos como un escudo que actúa como colchón para no mostrar las formas. Nos han enseñado que todo lo corporal es sospechoso de ser sexual, y que el vello está ahí para no parecer alguien «desinhibido» o cosas peores. Nos decían que «Dios lo puso ahí por algo», mientras depilarnos axilas o piernas era toda una obligación. Otra incongruencia más de la mentalidad heredada.

Todo empieza con la ropa. Cuando dejas atrás los pololos de algodón y te compras tus primeras bragas estrechas, tu primer bañador de tiro alto o tu slip ajustado, empieza la «lucha contra el matojo»: no puedes permitir que ningún pelo tenga la osadía de asomarse por los laterales. Es una cuestión de estética, sí, pero también de valentía. Estás diciendo: «este es mi cuerpo y yo decido su mapa». Empiezas recortando los laterales para que nada se escape de las nuevas bragas estrechas o del bañador ajustado.

Pero el verdadero salto al vacío —y a la libertad— llega cuando decides ir a por todas. Y la lucha empieza por la palabra.

Ir a un centro de estética y empezar pidiendo «piernas, axilas e ingles». Luego, con mucho esfuerzo, te atreves a pedir «ingles entradas». Pero el verdadero muro es el día que tienes que sacar fuerzas para pronunciar en voz alta: «pubis integral».

Da igual que la recepcionista sea una profesional; en tu cabeza, decir esa palabra es casi una confesión de algo prohibido. Sientes que todos te miran y que ella pensará «¿para qué querrá quitárselo todo?». Escucharla repetir el tratamiento en alto para confirmar la cita es como una bofetada a tu «decencia» aprendida.

Ahí ya no valen los malabarismos. Te quitas la ropa. Te pones ese tanga desechable que parece una broma y empieza la faena normal hasta llegar a la zona: la esteticista te «arranca» el tanga. Y de repente, ahí estás: con las piernas «en ranita», en exposición total. Sientes que estás rompiendo todas las leyes que te grabaron a fuego. Ni siquiera te atreves a mirar mientras ella está en la faena; prefieres cerrar los ojos ante lo que consideras un exceso de vulnerabilidad.

Cuando termina la sesión y te incorporas para ver el resultado, la sorpresa es total. Descubres tu cuerpo tal cual es, sin la maleza que lo ocultaba. Observas la suavidad de tu piel y te reconoces: «Soy yo, sin nada».

Es la paz de permitir que se marque bajo la ropa interior la forma de tu vulva y tus labios, o de tu pene y tus testículos, entendiendo que eso no es un delito, sino la anatomía de una persona viva. Presentarte sin el «escudo» del vello, es decirle al mundo que no tienes nada de qué avergonzarte. Es una sensación de dominio total.

Al final, el matojo deja de ser un problema. No es un enemigo ni un símbolo de nada. Es simplemente una forma más en la que el cuerpo se presenta.

Y quizá la libertad tenga más que ver con esto que con otra cosa: no con elegir siempre lo mismo, sino con poder cambiar de decisión sin sentir que te estás traicionando.

Hoy, debajo del matojo ya no hay nada que esconder ni nada que demostrar. Hay un cuerpo que no necesita justificarse. Y si un día decido cuidarlo, recortarlo o dejarlo estar, será simplemente eso: una decisión más.

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