Día 12. Mi primera confesión en una iglesia cualquiera
Cualquiera que haya pasado por el Opus sabe que todo tiene que girar en torno a la Institución: ellos controlan y ellos tienen que saberlo todo. Recurrir a medios externos es visto casi como una traición; es lo que llamaban «tener un secreto con el diablo».
«Confesarse con un sacerdote de casa debe ser lo habitual, porque él conoce nuestro espíritu y sabe cómo ayudarte». O eso es lo que te repetían. Pero llegó el día en que, una vez mandada a paseo mi vocación, fui a confesarme a una iglesia cualquiera, con un sacerdote cualquiera, solo para quedarme en paz con Dios. Fue toda una experiencia. Un choque de planetas.
Para empezar, el saludo ya me costó. Soltar un «Ave María Purísima» en lugar del «Pax» institucional ya fue difícil. Pero lo mejor vino después, cuando intenté contar mis pecados usando el estilo aprendido. Tras unos minutos soltando mi lista de «faltitas», el sacerdote me paró en seco: —Pero hijo, eso no son pecados. Son faltas de delicadeza o tonterías de las que no tienes ni que confesarte. Me quedé en shock. Mi brújula moral, calibrada para detectar micro-pecados en cada esquina, acababa de romperse. Intenté recomponer la conversación en algo que yo consideraba «directo y pecaminoso» y en lugar de decir «he tenido una falta de pureza», concreté: —Me he masturbado. Y así con otras cosas. El pobre hombre me paró definitivamente. Me volvió a decir que así no se confiesa uno, que la confesión no es un despiece anatómico y que si quería hablar de esas cosas lo que necesitaba era hablar tranquilo con un sacerdote, pero no en un confesionario.
Fue entonces cuando comprendí la magnitud de la manipulación. Durante años me hicieron creer que retrasar el Ángelus era pecado, que quedarme unos minutos de más en la cama era holgazanear, que mirar a la gente por la calle era una «ocasión de pecado» y que la pureza era solo sexo.
Es una estrategia perfecta para desarmarte y poder así controlarte. Es crearte una conciencia de que eres un ser malvado y que, si no sigues sus indicaciones, vas directo al infierno. Es dibujarte a un Dios castigador que está permanentemente con su agenda apuntando todo lo malo que haces, en vez de ser el Dios AMOR que nos enseñó Jesús.
Y qué bueno es Dios, que ya murió por nuestros pecados una vez, y no está muriendo constantemente. Y lo que se debe de reír de vernos siempre cayendo en las mismas cosas, que al final son tan normales como respirar. Sin más dramas, sin más culpas, sin más escrúpulos.
Por no hablar de lo malísimos que son los pecados de la carne, mientras que las mentiras institucionales se despachan como «piadosas».
Pero de eso, seguiremos hablando.
Stella
