Día 43. El colmo de la hipocresía: Pecar «por encargo»
Si pensábamos que ya lo habíamos visto todo en el «Parque Temático de la Hipocresía», hoy me ha llegado una historia que rompe todos los límites. Es el ejemplo perfecto de cómo la Institución utiliza a las personas como piezas de repuesto para su maquinaria, sin importarles lo más mínimo su conciencia o su alma.
Me cuentan el caso de un matrimonio con serias dificultades biológicas para tener hijos. En lugar de encontrar consuelo o acompañamiento en la aceptación de su realidad, se han encontrado con la bata blanca de la ambición institucional.
Un sacerdote de la Obra les ha dado el «consejo» definitivo: tienen que tener hijos como sea.
Incluso les ha sugerido recurrir a métodos científicos que la Iglesia —y el propio Opus Dei de cara a la galería— condena de forma tajante. ¿La justificación del cura?: «Hacedlo, y luego os confesáis y ya está».
Es alucinante. Es el mercantilismo del sacramento llevado al extremo más asqueroso.
Fíjate en la jugada:
- El Objetivo: La Institución necesita hijos de matrimonios de «la labor». Necesita cantera. Necesita que la foto de la familia numerosa siga vendiendo el producto. Un matrimonio sin hijos es un «activo improductivo» en su balance espiritual.
- La Trampa: Les obligan a violentar su propia conciencia y a saltarse la ley que ellos mismos les han enseñado que es sagrada.
- El Botón de Reset: Utilizan la confesión no como un encuentro con la misericordia de Dios, sino como una lavandería de emergencia. «Peca bajo cuerda para darnos lo que queremos (un hijo) y luego ven que yo te pongo el sello de limpio».
Esto demuestra que a la Institución no le importa tu santidad, le importa tu rendimiento. Prefieren a un matrimonio que viva en la mentira y el pecado (según sus propios términos), siempre que el resultado sea un nuevo numerario en potencia.
¿Qué clase de Dios es ese que acepta que se le ofenda «con cita previa» para alimentar las estadísticas de una organización?
Es una esquizofrenia moral insoportable. A ti te llaman «sucio» por una paja de adolescente y a ellos les dan permiso para «fabricar» vida fuera de la norma, siempre que el niño lleve el sello de la casa.
Para mí, esta es la prueba de que el Castillo de cartón piedra está podrido desde los cimientos. No hay nada de «sobrenatural» en este consejo; hay pura supervivencia empresarial.
Hoy, desde Stella, abrazo a esos matrimonios que se sienten «fallidos» por no dar el estándar. Os digo lo que ese cura no se atreve a deciros: vuestro amor es pleno tal cual es. No necesitáis «pecar por encargo» para ser dignos de Dios. La verdadera generosidad no es dar hijos a una empresa; la verdadera generosidad es tener la valentía de ser honestos con vuestra propia vida.
Que se queden ellos con sus rebajas en el pecado. Nosotros nos quedamos con la paz de no tener nada que ocultar.
Stella
