Día 69. Familia Opusina (V): Heredar el miedo

Si algo define a la «fábrica de numerarios» es el empeño por trasladar el cortocircuito mental de los padres a la siguiente generación. No basta con que tú vivas con miedo; tus hijos tienen que heredar ese mismo radar de culpas y escrúpulos para que la maquinaria no se detenga.

Pero en la Institución, hasta la forma de transmitir el miedo ha sufrido un «rebranding» de supervivencia.

Hace 30 o 40 años, la consigna era la prohibición absoluta y las normas de «decoro» eran un muro de hormigón: usar un Tampax era un pecado contra la naturaleza, el tanga era una prenda de perdición, la depilación integral era cosa de «actores porno» y pillar a un hijo masturbándose era el fin del mundo. Se vivía en una asfixia constante para lograr ese ideal de «ángeles de escayola» del que hablábamos.. Los padres eran los vigilantes de una pureza de cristal que se rompía con solo mirar.

Hoy, ante el pánico de que los jóvenes huyan de esa asfixia, el Opus Dei ha optado por la hipocresía del mal menor.

Ahora vemos a madres supernumerarias comprando tangas a sus hijas o llevándolas a la depilación integral desde adolescentes. Vemos a padres que asumen que sus hijos «follan» y prefieren que una hija tome anticonceptivos disfrazados de «vitaminas» antes que enfrentarse a un embarazo que rompa la imagen de familia modelo ante el Centro. Prefieren que un hijo use preservativos antes que verle abandonar la labor por «presión hormonal». Se ha sustituido la búsqueda de la santidad real por la gestión de la apariencia.

No se han vuelto más libres; se han vuelto más cínicos.

Esta falsa modernidad es, si cabe, más dañina que la prohibición antigua. Al hijo se le permite la «licencia» física, pero se le mantiene la esclavitud mental. Se les educa en un doble lenguaje: «hazlo si no puedes evitarlo, pero que no se sepa y ven mañana a confesarte». Se sustituye la educación en la libertad por la gestión del secreto.

El resultado es una generación de jóvenes con una confusión monumental. Crecen pensando que su cuerpo es una moneda de cambio: algo que pueden usar «a escondidas» siempre que sigan cumpliendo con el estándar externo de la labor. No aprenden a quererse, ni a respetarse, ni a entender su placer como algo sagrado y propio. Aprenden que la vida es un teatro donde lo único importante es que el telón de la «familia modelo» nunca se levante.

¿Qué mensaje les estamos dando a los hijos cuando les compramos el condón o la pastilla y luego les empujamos al confesionario por la mañana? Les estamos diciendo que la culpa es el estado natural del ser humano y que la mentira es la única forma de sobrevivir.

En Stella queremos romper este círculo vicioso.

Sanar como padres significa dejar de ser los directores espirituales de nuestros hijos. Significa entender que sus cuerpos no nos pertenecen, ni le pertenecen a la Institución.

Nuestra misión no es fabricar ángeles de escayola que pecan bajo cuerda, sino acompañar a seres humanos para que sean soberanos de su propia piel. Educación sexual no es comprarles anticonceptivos en secreto; es enseñar que la piel es un lugar de encuentro, que el deseo es una función de la vida y que la verdad —la de llamar a las cosas por su nombre— es lo único que nos hace adultos.

He decidido que mi legado no será el miedo, sino la naturalidad. Prefiero un hijo que me hable de su sexualidad con la misma paz con la que me habla de sus estudios, a uno que me oculte su vida mientras me sonríe en el oratorio.

La libertad de nuestros hijos empieza el día que nosotros dejamos de tener miedo a nuestra propia humanidad.

Publicaciones Similares