Día 15. Doblando los calcetines en ovillo
No podía dejar pasar algo tan mundano, tan aparentemente insignificante y hogareño como el doblado de los calcetines. Para el resto de los mortales, esto suena a chiste, pero para quienes habitamos el castillo de cartón piedra, es un asunto de una gravedad casi teológica. En el manual de estándares de la «Administración» de los Centros, el dogma estaba escrito en piedra: los calceti- nes no se guardan, se «procesan».
Debían doblarse en plano, emparejarse con precisión quirúrgica y encajarse uno dentro del otro de forma que quedaran como una lámina perfecta. ¿El objetivo? Una «eficiencia celestial»: que el usuario solo tuviera que introducir el pie y tirar del elástico desde los dedos hasta la mitad de la pierna en un solo movimiento fluido. Nos querían ahorrar hasta el «esfuerzo» de vestirnos, para que cada segundo de nuestra jornada fuera productivo para la Institución.
Parece absurdo detenerse en esto, pero esa perfección en las cosas pequeñas era la red invisible que lo atrapaba todo. Y cuando digo todo, es «todo».
La ropa interior –calzoncillos, slips, bragas– debía estar perfectamente planchada (sí, hay quien dice que incluso las almidonaban para que no se arrugaran ni en el cajón) y doblada con una geometría específica que diferenciaba la prenda masculina de la femenina. Nada quedaba al azar. Me imagino el suplicio de las mujeres de la Administración cuando empezaron a aparecer tejidos sintéticos, elásticos modernos o esas prendas «minimalistas» que no encajaban en los esquemas de doblado de los años cuarenta.
De ahí nacía el misterio de las «prendas que desaparecían»: si un bañador era demasiado moderno o un tanga tenía la osadía de aparecer en el cesto de la ropa sucia, simplemente dejaba de existir. No encajaba en el estándar, no cabía en el cajón y, por lo tanto, no pertenecía al «espíritu». La lavandería era, en realidad, el primer filtro de la censura.
Por eso, el día que me encontré a solas ante mi propia colada, en mi propia casa, y tuve que doblar unos calcetines… tomé una decisión de Estado: los hice un ovillo y sanseacabó.
No podéis imaginar el peso que me quité de encima con ese simple gesto de enrollar dos prendas y hacer una bola deforme. Fue mi toma de la Bastilla particular. Con el resto de la ropa interior hice lo mismo: estirar, doblar como me dio la gana y al cajón. Se acabaron las geometrías sagradas, los planchados innecesarios y las tonterías de «ángel de escayola». Mi ropa interior por fin volvía a ser ropa, no una armadura moral.
Hoy, mi cajón es un territorio libre y soberano. A veces llego al colmo del caos: tengo los calcetines sueltos y juego a un First Dates cada mañana para ver si encuentro la pareja entre el montón. Es un desorden que me sabe a gloria, porque es un desorden que me pertenece. Es la prueba física de que ya no hay nadie vigilando mi armario.
Eso sí, reconozco que hay una herencia que sigo manteniendo, pero ahora lo hago por sentido común y no por miedo: pongo la ropa recién limpia debajo de la que ya había en el cajón para que todo rote. Pero la diferencia es abismal: ahora lo hago porque yo quiero, porque me parece práctico, y no porque una «norma de urbanidad» me vigile desde la sombra del armario.
Hoy mis calcetines son bolas de lana desordenadas que no rinden informes a nadie. Y desde que mis pies entran en un calcetín hecho un ovillo, nunca me he sentido tan bien vestido ni tan dueño de mi propio camino.
Stella
