Día 14. Doblando los calcetines en ovillo

No podía dejar pasar algo tan mundano y hogareño como el doblado de los calcetines, aunque suene a risa. Pero no es ninguna broma: en el estándar de la «Administración» de los centros, el dogma estaba escrito: los calcetines se doblan en plano, se emparejan con precisión quirúrgica y se encajan uno dentro del otro. ¿El objetivo? Que el usuario solo tenga que introducir el pie y tirar del elástico desde los dedos hasta la mitad de la pierna. Eficiencia celestial le llamaban.

Parece absurdo detenerse en esto, pero esa «perfección en las cosas pequeñas» era una red que lo atrapaba todo. Y cuando digo todo, es «todo». La ropa interior —calzoncillos, slips, bragas— debía estar perfectamente planchada (sí, planchada, algunos dicen que incluso almidonada) y doblada con una geometría específica. Había una forma «correcta» para la prenda masculina y otra «adecuada» para la femenina. Nada quedaba al azar. Me imagino el dolor de cabeza que debió suponer para las encargadas de la ropa cuando empezaron a aparecer tejidos diferentes al algodón puro, elásticos «endiablados» o prendas minimalistas imposibles de cuadrar en esos doblados ancestrales. De ahí venía aquel misterio de las «prendas que desaparecían»: si un bañador era demasiado moderno o un tanga aparecía en el cesto de la ropa sucia, simplemente dejaba de existir. No encajaba en el estándar, ni en el cajón, ni en el «espíritu».

Por eso, el día que me encontré ante mi colada y tuve que doblar unos calcetines… «los hice un ovillo y sanseacabó». No os imagináis el peso que me quité de encima con ese simple gesto de enrollar dos prendas y hacer una bola. Fue mi pequeña revolución doméstica. Con el resto de la ropa interior hice lo mismo: estirado, doblado como me dio la gana y al cajón. Se acabaron las geometrías sagradas y las tonterías.

Ahora mi cajón es un territorio libre. A veces incluso llego al colmo del caos: tener los calcetines sueltos y hace un «First Dates» cada mañana para ver si encuentro la pareja. Es un desorden que me sabe a gloria.

Eso sí, reconozco que hay una herencia que sigo manteniendo, quizás por sentido común: pongo la ropa recién limpia debajo de la que ya había en el cajón para ir rotando y que nada se quede sin usar. Pero ahora lo hago porque yo quiero, no porque una «norma de urbanidad» me vigile desde el armario.

Hoy mis calcetines son bolas de lana desordenadas, y nunca me he sentido tan bien vestido.

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