Día 9. Llamando a las cosas por su nombre
Una de las premisas que acordamos al empezar este Cuaderno de Bitácora es que íbamos a dejarnos de nombrecitos y paridas para pasar a llamar a las cosas por su nombre. Sí, por su nombre; sin edulcorantes ni manipulaciones.
Venimos de una educación infantilizada donde decir algunas cosas directamente se considera una irreverencia o algo peor: nos acerca temiblemente a las puertas del pecado. Por eso, no te asustes por cómo decimos las cosas a partir de ahora. Son así.
A nosotros también nos ha dado «corte» escribir nombres prohibidos sin ningún tipo de reparo. Más corte aún nos ha dado hablar de nuestra intimidad o de nuestros sentimientos. Y más corte nos dará tratar temas especialmente sensibles. Para nosotros es todo un reto que vamos superando día a día, post a post. No somos unos descarados o unos malhablados; somos personas en busca de la libertad necesaria para poder decir las cosas como son.
Durante años vivimos en un mundo de diminutivos y eufemismos. Un mundo donde no usábamos «bragas», sino «braguitas». Donde no hablábamos de «sexo», sino de «pureza». Donde no cometíamos errores o teníamos dudas, sino que teníamos «faltitas» o «faltas de espíritu». Parecen tonterías, detalles sin importancia, pero no lo son. Los diminutivos son una trampa para que te sientas siempre como alguien pequeño, alguien que necesita permiso, alguien que no es dueño de su propia voluntad. Los eufemismos religiosos son, sencillamente, una forma de secuestrar las palabras.
Por eso, en Stella no vamos a hablar de «pureza» para referirnos a las cosas sexuales. Vamos a hablar del cuerpo, de sentir, del placer, del deseo, de la masturbación y de hacer el amor. E incluso, sí, vamos a hablar de follar. Y nos quedaremos tan anchos.
Llamar a las cosas por su nombre nos ha ayudado a sanar. Nos ha permitido ver que aquello que nos daba tanto miedo, en realidad, era solo vida. Vida con sus nombres reales, sin adornos ni eufemismos institucionales.
De aquí en adelante, prepárate. Vamos a hablar de la piel, del desnudo, de la ropa interior y de la fe sin filtros. Porque solo cuando recuperas tus palabras, recuperas por fin tu propia vida. Y como siempre, todo es un proceso de aprendizaje… o de desaprendizaje.
Stella
