Día 5. A 5.000km de distancia (I)
Esa es la distancia exacta que separa la sección masculina de la sección femenina. O lo que es lo mismo: el grosor de la puerta de comunicación, el ancho de la acera, la separación de los bancos de la parroquia o el tamaño de los pasillos de Mercadona.
El iluminado que “vio” esta distancia está claro que tenía un problema con el sistema métrico decimal. Más de lo mismo: si hay que tragar se traga y listo, y el que no trague es que «no es de nuestro espíritu». Sea la distancia, sean los pecados, sea el estar por encima de lo que dice el Papa; siempre la misma cantinela: estamos por encima aunque haya que aceptar lo antinatural.
Y al final pasa lo que pasa: que la vida se convierte en una película de “Nadie conoce a nadie” y todos tan a gusto. O eso dicen.
Lo peor es que esa distancia no solo separa hombres de mujeres; se aplica también dentro de cada sección: el miedo a la «amistad particular». Nos llenamos la boca hablando de «fraternidad», pero esa fraternidad se reduce a ir juntos al Círculo. Del resto, de lo personal, de lo que de verdad nos pasa por dentro… de eso, nada de nada. El otro es un hermano, sí, pero un hermano bajo vigilancia.
Y es que el asunto ya alcanza límites de paranoia: que bochorno coincidir con un miembro del otro sexo en el gimnasio o en la piscina y que curioso también que coincidas una vez solo… Qué horror si vas por la calle y te cruzas con un amigo de tu marido; te entran ganas de cruzar de acera rezando para que no se le ocurra saludarte. Y en la parroquia, el surrealismo total. La paz solo se le da a los de tu mismo sexo. El resto no existe, es aire. Debemos ser todos tan irresistibles que hasta las señoras de ochenta años sienten pánico de dar la paz… no vaya a ser que el contacto les provoque un «subidón pecaminoso» de última hora. Todavía recuerdo cuando en un semáforo se me ocurrió saludar a una de esas parroquianas de toda la vida. Me miró como si hubiera visto al demonio. Creo que a día de hoy aún sigue haciendo actos de desagravio por mi saludo.
Todo acaba siendo tan raro que una situación tan humana como un chico contactando visualmente con una chica parece un delito tipificado. El desarrollo de ese instante es un camino de piedras, una lucha contra años de cables cruzados, esperando que un día se dé la ocasión —un segundo de valentía— en el que ambos se relajen, olviden la vigilancia interna, se digan un “hola” de verdad y, por fin, respiren tranquilos. Y ya de paso, sin darse cuenta, crucen esos 5.000 kilómetros para siempre e inicien su camino juntos.
Y mientras tanto, el mundo —el de verdad— sigue girando.
Stella
