Día 39. El pecado de oferta: De la condena eterna al «no pasa nada»

Si algo me ha dejado en shock en mi proceso de salida es descubrir cómo la Institución ha rebajado el precio del «pecado» para no perder clientes.

Durante años, nos grabaron a fuego que el sexo era el camino más rápido al infierno. Nos enseñaron una jerarquía del horror: masturbarse era peor que follar, porque era un «acto de egoísmo puro», una cerrazón sobre uno mismo que te manchaba el alma de forma irreversible. Vivíamos vigilando cada pensamiento, cada roce, cada mirada, con el pánico de quien camina por un campo de minas.

Y de repente, llega el «New Look» del Opus Dei.

Ahora escuchas a un numerario preguntarte con una sonrisa: «¿Te masturbas? No pasa nada, luego te confiesas y ya está». O vas a una meditación y el cura suelta tan campante: «Nadie va a ir al infierno por fornicar».

¿Perdona? ¿Qué me estás contando?

¿Me estás diciendo que todos esos años de ansiedad en la ducha, de escrúpulos asfixiantes, de sentirme un monstruo por tener una erección o por tocarme, eran por una norma que ahora se despacha con un «no pasa nada»? ¿Dónde queda el trauma de los que fuimos humillados en pasillos y confesionarios?

Esta nueva «relajación» es la hipocresía llevada al límite. No lo hacen porque hayan descubierto la libertad; lo hacen porque es mercantilismo puro. Se han dado cuenta de que, en el siglo XXI, si mantienes la amenaza del infierno por una paja, te quedas solo. Así que han inventado el «pecado con red de seguridad».

Te dan permiso para «caer» siempre y cuando vuelvas corriendo a sus pies para «limpiarte». Es la trampa perfecta:

  1. Te dejan ser humano a ratos.
  2. Mantienen tu dependencia a través del confesionario.
  3. Tú te sientes «moderno» y ellos mantienen la cuota de miembros.

Lo que ellos llaman «no pasa nada» es, en realidad, el reconocimiento de que su sistema ha fracasado. Se pasan la vida intentando convertirnos en ángeles a base de miedos, y cuando ven que el cuerpo se rebela (porque el cuerpo siempre gana), entonces te ofrecen el botón de «reset» de la confesión exprés.

En Stella hemos elegido otro camino. Un camino que a ellos les aterra porque no pasa por su aduana.

Para mí, la sanación no es poder pecar y confesarme rápido. La sanación es haber matado la culpa. Mi libertad no depende de que un cura me diga que «no pasa nada por follar»; mi libertad nace de saber que mi cuerpo es bueno, que mi deseo es sano y que Dios no es un gestor de residuos morales que está esperando a que yo «falle» para justificar su existencia.

Que se queden con su «oferta» de pecados y sus confesionarios de guardia. Yo me quedo con mi soberanía y con la paz de no tener que pedir perdón por estar vivo.

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