Día 27. La generosidad. El arte de fabricar culpables

Si tuviera que elegir la palabra más dañina de todo el diccionario del Opus Dei, elegiría, sin duda, «generosidad». Parece una palabra inofensiva, incluso hermosa, pero en manos de la Institución es un arma de control masivo. De ella proceden casi todas las aberraciones en forma de culpa, escrúpulos y pecados inventados que arrastramos.

La generosidad se aplica a todo. A demasiado. Es el motor que mueve la maquinaria del «plano inclinado»: ese sistema donde siempre se te exige un grado más de entrega, un esfuerzo más, una renuncia más.

Todo empieza con la vocación: si no te entregas a Dios según sus reglas, es que no estás siendo «generoso» con la llamada que Él te hizo desde el principio de los tiempos. Y a partir de ahí, la lista se vuelve asfixiante:
¿No rezas tus dos medias horas de rigor? No eres generoso.
¿No te duchas con agua fría? No eres generoso.
¿No buscas mortificaciones constantes cada día? No eres generoso.
¿No das una aportación mensual que te duela el bolsillo? No eres generoso.
¿No tienes una familia numerosa (o un hijo más)? No eres generoso.
¿No haces suficiente apostolado o proselitismo? No eres generoso.
¿No eres «puro» como un ángel? No eres generoso.

Pero lo más perverso es que esta generosidad no tiene meta. Es una «espiral infinita». Si das 100€, podrías ser más generoso y dar 150€. Si tienes 7 hijos, podrías ser más generoso y tener 9. Si dedicas una hora a los demás, ¿por qué no dedicar dos? En la Obra, el «bien» es un enemigo del «mejor».

Nunca puedes descansar, porque siempre hay un escalón más arriba. Es una maratón espiritual sin meta donde el único combustible es tu sentimiento de insuficiencia. Este sistema acaba engrosando tu lista de «pecados inventados». Acabas pidiendo perdón por cosas que son normales, solo porque no llegaste al nivel de «heroísmo» que te exigían.

Generan unos escrúpulos tan brutales que acabas corriendo al confesionario solo por haber pensado que quizás, un día, podrías ir a un gimnasio mixto o quedarte cinco minutos más en la cama.

Y al final de esta espiral de exigencia, agotamiento y culpa, solo hay una puerta de salida. Una puerta que no tiene un cuadro de la Virgen ni una frase en latín. Una puerta que simplemente pone: «Psiquiatra».

No te esfuerces en sacar agua de un pozo seco. La generosidad que te vendieron no era amor; era una hipoteca sobre tu salud mental. La verdadera generosidad empieza por uno mismo: por tener la libertad de decir «no» y la paz de saber que Dios no te quiere por lo que haces, sino por quien eres.

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